jueves, 30 de octubre de 2014

El futuro del PSOE

La elección de Pedro Sánchez como nuevo secretario general del Partido Socialista no parece despertar el ánimo de sus votantes. Las últimas encuestas electorales reflejan que la renovación dentro del PSOE y la convocatoria de primarias no le reportan un aumento en el número de votos, y que incluso empata en intención de voto directa con Podemos, según refleja El Mundo. Es inequívoco que la irrupción de Podemos en el espectro político arrebata votos de un sector descontento del PSOE escorado a la izquierda, pero la estrategia electoral del Partido Socialista lleva tocada y hundida antes del auge de Pérez Rubalcaba como secretario general. De hecho, Rubalcaba no era el problema, sino la continuación de la incógnita. El problema del Partido Socialista es y será siempre la herencia de Rodríguez Zapatero.

Desde su elección como Presidente del Gobierno tras las elecciones de 2004, Zapatero ha sido la principal contrariedad del PSOE y el enigma de su sucesivo declive y desgaste a lo largo de la década. Perdonen la expresión, pero un mentecato de la catadura moral de Zapatero en la Presidencia del Gobierno fue la puntilla que acabó con España, la vía de agua que terminó de hundir el barco en el fondo del panorama internacional y el génesis de la actual situación de descrédito institucional que amenaza nuestra Democracia. A modo de resumen muy sucinto, cabe recordar tres aspectos, por citar unos pocos: su política internacional, con el desarrollo de la Alianza de Civilizaciones a partir de un sueño efímero en una noche de terrores nocturnos; la política estatal, con reformas estatutarias que no solo no frenaron el nacionalismo sino que han fomentado abiertamente el independentismo; y una política económica ligada al destrozo de la economía nacional, con un ingente aumento del gasto público que se transforma en un déficit actual de más de un billón de euros, así como una tasa de desempleo del 21%. Nada baladí para siete años de Gobierno en los que también hubo engaños masivos a la ciudadanía y casos de corrupción mientras Zapatero prometía el pleno empleo y la regeneración democrática.

Tres años después de su retirada de la primera línea política, el PSOE sigue sufriendo el efecto Zapatero porque mantiene las mismas posturas ideológicas de Zapatero. Ni más ni menos. Y es que lo que ha llevado al Partido Socialista a la friolera de 110 diputados en las últimas elecciones generales, después de que Felipe González consiguiese más de doscientos, es su ambigüedad en múltiples materias, especialmente en otra de sus estrategias políticas ligadas al pacto del Tinell y a la alianza con partidos nacionalistas con el objetivo de arrinconar al Partido Popular en varias Comunidades Autónomas. Como si el PP fuera un apestado al que liquidar y no un posible aliado en alguna materia en común. Y es que, desde un principio, Zapatero se dispuso como líder de un frente de izquierdas con el PP como enemigo común, escorando su espectro político desde el centro-izquierda socialdemócrata hacia un socialismo ye-yé ligado a la izquierda radical en determinadas materias. Ello llevó, de forma lógica, a que el electorado centrista, y con ello el principal caladero de votos, abandonara el PSOE, y que éste se nutriera de descontentos de formaciones minoritarias de izquierdas que favorecieron su ascenso al poder. 

Sin embargo, ocho años después de una política errante, los votantes de izquierdas volvieron a sus respectivos feudos, y más aun teniendo en cuenta la presencia actual de Podemos en el espectro político. Y sin un intento claro de regresar al centro-izquierda, el PSOE tiene un problema importante: la incapacidad de llegar a un elector socialdemócrata que no entiende la deriva radical de un partido que pasó de gobernar y modernizar España en los tiempos de Felipe González, con sus pros y sus contras, a denostarlo con reformas estatutarias, redefiniciones del Estado y engaños masivos a la ciudadanía. Al respecto, basta recordar los eufemismos de Zapatero para definir una crisis económica en ciernes que se llevó por delante miles de puestos de empleo y la falta de previsión del sujeto en cuestión para sortear los baches.

Ese es, a mi entender, el quid de la cuestión. El retorno al centro político. El retorno a una socialdemocracia europeísta, después de siete años de ensayos errados y anacronismos varios. Reconocer abiertamente que el zapaterismo fue una etapa absurda de la que el partido debe renegar para volver a conectar con el electorado. Que hizo más mal que bien al partido y al país y que se pueden mejorar España mediante reformas consensuadas. Algo que tiene que tener en cuenta Pedro Sánchez si no quiere ser una versión 2.0 de Rodríguez Zapatero, si no quiere acabar liquidando su propio partido y convirtiéndolo en un mal apéndice de Podemos, que sube en las encuestas mientras el PSOE sigue sin definir, a un escaso año de las elecciones generales, sus principales líneas de acción para la regeneración democrática. Como si Sánchez supiese de antemano que un partido que gobernó España durante 21 años nunca más fuese a liderar el país.

lunes, 27 de octubre de 2014

Adán y Eva

La telebasura ha alcanzado su cénit. Adán y Eva, el nuevo programa de Cuatro, es sin duda alguna el cúlmen de todo despropósito contra la inteligencia del pueblo. Aunque a estas alturas pocos desconocen su modus operandi, Adán y Eva puede calificarse como un refrito de ¿Quién quiere casarse con mi hijo? con los concursantes en porretu. Es decir, en pelota picada. Como Dios los trajo al mundo, enseñando nabos, berzas y demás hortalizas. Cuando lo vi por primera vez el pasado martes me asaltaron dos dudas, bastante diferentes a las del resto de la gente que aupó al programa como uno de los más comentados en las redes sociales: la primera fue una representación mental de la posible reunión de creadores, guionistas y realizadores en la que se fraguó la idea del programa. Una imagen sórdida que borré de inmediato de mi mente, no por temor a contagiarme de su agudeza mental, sino por saber que semejante gente llega a fin de mes y cobra un buen sueldo, lo cual es triste conociendo la tasa de paro actual. No obstante, es menester felicitarlos. Enhorabuena, chicos, brindo por vosotros. Chin, chin. 

La segunda duda, y la más importante, fue una pregunta. ¿Puede ser Adán y Eva una broma pesada siguiendo el formato de Salvados sobre el 23-F con el fin de conocer la reacción del telespectador? No, me contesté, no es ninguna broma. Conociendo los precedentes y recordando programas como Aquí hay tomate y Sálvame, es fácil reconocer que la televisión de España es así y parece derivar hacia ese formato, entre tertulias monográficas sobre política que critican el bipartidismo PP-PSOE para llevarnos al bipartidismo PPSOE-Podemos y los llantos de Rosa Benito entre llamada y llamada de Pedro Sánchez. Y es que el Grupo PRISA, gran amigo mío y del clan Pujol Ferrusola, parece apostar por una programación chabacana y sórdida donde airear miserias personales, dedicada a un público cínico y consumidor de lo que Jorge Javier Vázquez llama fast TV: televisión para consumir en el acto. Una televisión cada vez más patética que da visibilidad a machos alfa inflados por los esteroides y a mujeres con silicona en el cerebro.

Los detalles sobre la "Alambrada" que los protagonistas pronunciaron en el programa son nimiedades en comparación con estos aspectos. Todos conocemos chonis y poligoneros que parecen los reyes del barrio con sus vistosos atuendos y sus errantes formas de caminar y de relacionarse, entrechocando nudillos o cabezas como venados. Caminamos las mismas calles, montamos en los mismos autobuses, habitamos los mismos espacios y son una fauna más dentro del complicado y extenso ecosistema humano. Pero darles una proyección mediática innecesaria solo porque unos realizadores saben que la chabacanería alcanza elevadas cuotas de pantalla obliga a replantearse ciertos dilemas. Y es que la televisión debería ser consciente de su sitio en el ocio y entretenimiento de la sociedad, un tiempo que puede emplearse bien, con programas divulgativos que merezcan la pena, especialmente cuando se habla de la juventud y de la adolescencia, o mal, con programas como Adán y Eva que representan una vía de agua más en la línea de credibilidad de la televisión.

domingo, 19 de octubre de 2014

Rosacracia

Amanece con la noticia de la destitución de Sosa Wagner como europarlamentario de UPyD. Destitución disfrazada de sustitución, como si los prefijos cambiaran los conceptos. Sin embargo, lo que no es sujeto de cambio es la hemeroteca, en la que podemos reproducir fielmente un trazado lineal entre las primeras declaraciones de Wagner denunciando prácticas autoritarias en el seno de UPyD -en  el interior del partido, no en una teta, aclaro- y la decisión de sustituirlo en el Parlamento europeo por Maite Pagazaurtundúa a instancias de Rosa Diez y de una cosa llamada Consejo de Dirección.

Entre ambos puntos, equidistantes en el tiempo por tan solo mes y medio, habitan titulares y declaraciones que pusieron UPyD boca arriba, vomitando la esencia errante que viste y tiñe a Rosa Díez. Salieron sus acólitos Carlos Martínez Gorriarán e Irene Lozano a darle patadas a Wagner. El uno en la espinilla y el otro en la cartera. Y también Rosa diciendo que de prácticas autoritarias nanai. Que a lo sumo desmembraban a los díscolos en los sótanos secretos del Partido después de someterlos a torturas inimaginables heredadas del Santo Oficio. Y todo porque Wagner llamaba a estudiar una posible alianza entre UPyD y Ciudadanos, partido encabezado por Albert Rivera en Cataluña.

Y es que hace unos meses, con una presencia ampliada al conjunto de España, Ciudadanos consiguió una avance importante en las últimas elecciones europeas. Aparte de la sorpresa de Podemos, que comió terreno a la izquierda tradicional de Izquierda Unida e hizo tambalear el bipartidismo reinante desde hace más de tres décadas, Ciudadanos se impuso como una alternativa paralela a la de UPyD en el terreno del centro-izquierda, con medio millón de votos y dos eurodiputados. Un resultado similar al alcanzado por UPyD en las elecciones al Parlamento europeo de 2009.


Sin embargo, y a pesar de que ambos partidos comparten una ideología de centro-izquierda basada en el socioliberalismo, el constitucionalismo y el antinacionalismo, Rosa Díez no está por la labor de seguir los consejos de Wagner y llegar a un pacto con C's. Es más, Díez ya rechazó en varias ocasiones la misma petición expresada por el propio Rivera. Y es que Rosa no parece querer compartir con Rivera, no sé si por empecinamiento personal o por alguna fobia particular, un triunfo que serviría para traer a España un poco de cordura en un mar envalentonado por dos opciones políticas extremas: el bipartidismo inmovilista -con un PP que no se sabe si viene o si va y un PSOE dando palos de ciego- y el populismo rupturista encabezado por Podemos. No entiende que los votantes de ambos partidos se circunscriben en un centro-izquierda que guarda una ideología semejante y unos valores casi idénticos, y que buscan una opción política de peso en el panorama español para competir con dos vías antagónicas que le hacen pinza y a quien ningunean.

Rosa, a quien uno puede conocer en base a sus declaraciones en los medios, parece creer que UPyD se vale por sí misma para encauzar ese voto. Y que con la futura caída del Partido Popular y el escaso interés que suscita la renovación del PSOE, ella va a recoger la fruta madura del árbol sin hacer apenas esfuerzo, subiendo como la espuma en un Congreso atomizado. Es menester decir a Rosa que se equivoca de pleno, y que debería aplicar su propio eslógan en las anteriores elecciones al pie de la letra. La unión hace la fuerza. Y más aun en el momento en el que vive España, donde la presión mediática ha convertido el bipartidismo tradicional en un sistema tripartidista ampliado a Podemos, donde se ahoga la opinión de un centro moderado y reformista mientras los micrófonos dan pábulo al rupturismo de Pablo Iglesias, al inmovilismo del PP y al reformismo yé-yé del PSOE de Pedro Sánchez, y donde parece que no existen alternativas si no es tomando el cielo por asalto o escondiéndose detrás de televisores de plasma.

UPyD podría representar ese papel de liderazgo en la llamada tercera vía, como gustan llamar en los medios de comunicación. Pero de igual modo que la izquierda se aglomera sobre una nueva formación política como Podemos en un intento por recrear un Frente Popular, el centro debe aunar fuerzas y sumar apoyos con otras formaciones. Teniendo en cuenta la ley electoral actual, la división del electorado que abandona el bipartidismo tradicional y quiere una vía reformista y moderada para modernizar España encontrará una infrarepresentación en el Congreso de los Diputados. Y todo por la terquedad de Rosa Díez y su no rotundo a una alianza con Ciudadanos, un partido hermanado en Europa dentro de los Liberales Europeos.

Pero parece que lo que es bueno para Europa no lo es para España. Que Ciudadanos puede hacer sombra a Rosa Díez. Y que cualquier díscolo que hable de sumar fuerzas, de hacer realidad su propio eslógan, es un hereje. Como Sosa Wagner, sustituido, destituido o defenestrado, aireando las verdaderas miserias de una coalición que no responde a un ideal colectivo sino al personalismo de Rosa. La democracia según Rosa. La Rosacracia, donde no caben alianzas con otros partidos del mismo espectro ideológico, donde el autoritarismo de Rosa llevará a la formación magenta a ser un grupo residual en el próximo Congreso por no tener visión de futuro, donde la sociedad que quiere transformar España siguiendo un espíritu renovado de la Transición se encontrará huérfana e infrarrepresentada por el auge del populismo y a pesar del descrédito del bipartidismo.a upy/raul-vilas/disidente-73762/

miércoles, 15 de octubre de 2014

Locales, urnas y papeletas

Pedro Sarriá acude al bar Las Locas de las Ramblas el 9 de noviembre. "Ponme un pacharán y una papeleta", dice al camarero, golpeando la barra de zinc. "¿No quieres un pincho de tortilla?", le pregunta Antón, el camarero. "¿Francesa o española?". "Española". "No, mare de Deu, no estoy tan loco", le espeta. Antón Pirulero le pone una caña de cerveza y una papeleta con las preguntas del referéndum-consulta por la independencia de Cataluña. Pedro se lamenta. "Joder, Antón, te dije un pacharán", le contesta malhumorado. Antón se lleva las manos a la cabeza, vuelve sobre sus pasos portando la caña, se la bebe de un trago tras mirar de reojo por si le espía alguien -la mitad se le cae por su camisa blanca- y le sirve a Pedro un pacharán. Antón ve a Pedro muy concentrado en la papeleta, como si no entendiera la pregunta, leyendo por lo bajini el enunciado. "Vol que Catalunya esdevingui un Estat?, vol que aquel Estat sigui independent?", se pregunta a sí mismo. "¡Claro que sí!", brava Mercedes, Merche la Putilla para los del barrio, al otro extremo de la barra, poniendo la oreja al soliloquio de Pedro. "¡Claro que sí y que sí, Antón, coyons!".

Pero Pedro, que moja sus labios en la copa de pacharán, no lo tiene tan claro. Se pone las gafas y tantea con la punta del bolígrafo ambas respuestas, como si estuviese rellenando una quiniela. "Vamos a ver, Merche, es que yo quiero que Cataluña sea un Estado no independiente". A Antón se le cae un vaso. A Merche, una teta postiza, que resbala entre servilletas dobladas y mondadientes. "¡Españolista!", le espeta Merche. "Merche, tranquiliza, mujer", dice Antón, más sereno, y a renglón seguido, mirando a Pedro, añade: "¿Ya vienes borracho a estas horas a mi tasca?". Pedro enarca una ceja y afirma que no, que es la primera de la tarde, y que tiene mucho trabajo, que su nieto se cagó, que no tiene pañales, que están muy caros y que no quiere ir a las tiendas Corty, así que le insta a que le deje en paz con sus consideraciones y le diga dónde está la urna.

"Al fondo, a la izquierda". Pedro levanta la vista, baja de la silla y se dirige por un pasillo sin luz. Abre la puerta donde lee "senyores" y entra. "¿Es aquí donde se vota?", pregunta Pedro. Una mujer le contesta con un grito, y mientras se coloca las bragas le abofetea y le dice guarro. Cuando la mujer marcha, Pedro mira detenidamente el local y, efectivamente, ve una urna, depositada en un canto del lavabo, debajo de un dispensador vacío de jabón. Pedro deposita su voto con precaución, dilatando el momento, disfrutando del proceso democrático. Respira profundo y sentencia: "Voté". No se extraña de la ausencia de apoderados de la mesa o de que no haya mesa electoral. Cuando se da media vuelta, ve a la mujer de antes entrar al WC y coger algo. Dice ruborizada: "Con el susto, me olvidé el bolso". Pedro se da cuenta entonces que, en la ventana, hay un póster de Artur Mas sujeto con chicle al marco. Sale del local de votación y vuelve a la barra. "Ponme otro pacharán", le dice a Antón. "¿Qué tal si tomas algo más catalán?", le pregunta el camarero. Pedro se lo piensa y dice: "Pues claro que sí. Ponme un Albariño. ¡Invito yo!". "¡Visca Catalunya lliure!", grita Merche. "¿Tú votaste?", le pregunta Pedro mientras moja los labios en el Albariño. "No, yo prefiero votar dentro de quince días", dice Merche, y eructa. Se coloca la teta postiza, coje un mondadientes del suelo y pica los berberechos en escabeche que Antón le puso de tapa. La oferta del día incluye cerveza, mejillones y consulta independentista por tres euros.

martes, 14 de octubre de 2014

El puto cura y la hipocresía de Occidente


Resulta ilustrativo ver a personajes de la red entonar cánticos diabólicos contra Miguel Pajares. Tras su trágica muerte a causa del ébola, son decenas, por no decir centenares, las voces que se han alzado contra el Gobierno de España por repatriarlo y darle un tratamiento digno. Algo que, por cierto, realizan otros países europeos como Francia, Alemania y Noruega con sus ciudadanos afectados por el virus del ébola. Apelativos como «el puto cura» y «el maldito cura», «el cura de los cojones y la puta que lo parió» se repiten ad nauseam por las redes sociales como un fluido viscoso y lamentable que inunda las pantallas de los ordenadores. Y perdón por los improperios, que reproduzco fielmente. Gente abyecta en sus más bajos instintos verbales, lumpen con una diarrea mental propia de terroristas, escoria de la alcantarilla más profunda, afloran en los medios de comunicación tiñendo con su más baja vileza comentarios a raíz de la muerte de Miguel Pajares.

Sin embargo, mientras unos ladran y escupen sus heces por la boca, otros consideramos que Miguel Pajares es el penúltimo héroe español por ayudar desinteresadamente a enfermos de un virus casi desconocido en países como Liberia y Sierra Leona que pocos de nosotros sabríamos situar sobre el mapa. Un adalid de la verdadera solidaridad, un alma caritativa en cuyo espejo deberíamos reflejarnos todos, temerario del horror que supone enfrentarse a lo desconocido junto a sus compañeros de la Orden de San Juan de Dios o junto a organizaciones como Médicos Sin Fronteras y Cruz Roja. Todos ellos merecen no solo nuestro reconocimiento a la labor en términos de cooperación internacional que realizan, sino despertar nuestro asombro por entregar su vida a una causa noble y humanitaria. Sean vidas seculares o laicas, son vidas a las que debemos el apelativo de Humanidad.

Sin embargo, mientras otros arriesgan su vida en África, en el seno de una crisis sanitaria internacional, otros corren a protestar contra un Gobierno por repatriar a un misionero y darle asistencia sanitaria. Protestan por poner en riesgo «nuestras vidas», las de los españoles, como estableciendo prioridades entre occidentales y africanos, o porque no saben si los procolos son seguros, o porque usan mamparas o biombos y recomiendan cámaras de presión negativa al convertirse en nuevos expertos en Epidemiología y Salud Pública, ahora que todos los imbéciles del mundo presumen de título universitario. Todos protestan, insultan, vierten infamias, escupen su bilis y despotrican lo inombrable en la típica fobia anticlerical de la sociedad española. Fobia, todo hay que decirlo, contra la Iglesia católica: porque el despotrique contra Miguel Pajares se transforma en un silencio denso e impenetrable cuando un ser infrahumano del Estado Islámico degolla a periodistas y cooperantes frente a una cámara de televisión. En esa situación, los vanidosos, los nuevos titulados, los solidarios callan. Como putas con la boca llena.

Pero, mientras arrecian los insultos sin sentido, nadie hace nada por frenar el avance del ébola en África. Con la excepción de varias órdenes religiosas y de cooperantes internacionales, ninguno de los soplapollas que pululan por las redes sociales hace las maletras y va a luchar contra el ébola sobre el terreno. Son, en definitiva, la definición expresa del progre de mierda: aquel que se autodefine como progresista, de izquierdas, socialista o comunista, que se llena la boca mascando palabras como solidaridad, igualdad y conceptos vagos, chachis y hippies, pero no mueven un dedo contra las desigualdades. Aquel que sube videos tirándose agua por la cabeza para solidarizarse con una enfermedad, pero no ofrecen un donativo al grupo de investigación contra la esclerosis. Aquel que pone hastags para pedir la liberación de las niñas secuestradas en Nigeria porque no tiene huevos a enfrentarse con un arma en la mano al extremismo islámico del Boko Haram o del Estado Islámico. Aquel que maldice al Gobierno por no destinar dinero a Dependencia, pero que miran a otro lado cuando les hablo de Bridge School, de donar dinero a una asociación que promueve el desarrollo de nuevas tecnologías comunicativas para la comunicación de niños con parálisis cerebral. Aquel que, en definitiva, se mueve por su egoísmo más recalcitrante mientras se da golpes de pecho. Y lo que es peor, abundan por doquier en unas redes que sacan a relucir el reflujo gástrico de nuestros compatriotas más abyectos.

Y es que, al final, quien movió el mundo por un instante para descrédito de los progres de los cojones, fue el puto cura. Miguel Pajares. Mi nuevo héroe. Los demás no son sino chusma que escupen sus reflujos en Internet a la espera de ganar el protagonismo que no tienen en la vida real, donde son parias sin trabajo, putas de oficio sin oficio ni beneficio y chulos que agonizan en los estertores de un piso sin ventilación. Que se los lleve el infierno y sigan mirando de espaldas a los conflictos de la vida y mueran resbalando en el vómito que escupen a diario.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Fonoteca: New


Paul McCartney
New
Hear Music/Concord Music Group
9/10

Costó mucho tiempo, casi cuatro décadas, pero Paul McCartney lo ha conseguido. Ha producido un disco redondo, no en su aspecto físico, sino en la perfección de su conjunto, con New, su primer disco de rock con material inédito en seis años, desde el lanzamiento de Memory Almost Full. A pesar de su edad, de compaginar su vida en la carretera con la privada y de inmiscuirse en campos musicales menos interesantes para la plebe -ese Ocean's Kingdom para la compañía de ballet de Nueva York podemos calificarlo como música de ascensor- con los que alarga el entretiempo de sus apariciones estelares, McCartney ha sido capaz de renovar, por fin, su música y adaptarla al nuevo siglo sin perder un ápice del dominio que tenía en las décadas de 1960 y 1970. Y es que New es precisamente una amalgama óptima, perfecta y nítida de cuatro décadas de música a través de una vida plagada de múltiples aciertos y pocos errores. Desde el momento en que escuché "New", su homónimo primer sencillo, supe que McCartney había superado con creces su propio listón. Que había aprendido de la amargura de trabajar a golpe de látigo con Nigel Godrich en Chaos and Creation in the Backyard, quizás otro de sus mejores trabajos de la década, y abandonar el estado de semiletargo que tiene en todos sus discos. Y que se había apretado el cinturón para aparecer ante su público como lo que realmente es: uno de los mejores compositores de la música contemporánea, junto a Brian Wilson.

Y es que, como fiel seguidor del músico, uno conoce su carrera musical a pies juntillas y puede establecer paralelismos con toda su obra pasada. Podría entrar en el juego de los ránkings y poner a New en el primer puesto de su discografía, pero cada disco, bueno o malo, merece su estudio aparte y tampoco quiero resultar melodramático. Para mí, es cierto, New solo puede compararse a Ram; ni siquiera a Band on the Run, porque a pesar de su éxito bajo las alas de Wings, la autocomplacencia de su trabajo al amparo de su mujer Linda y de Denny Laine es un fuerte contrapunto a los pros de su música. Sin embargo, New no solo demuestra que su capacidad compositiva sigue intacta, sino que es capaz de hacer disfrutar al público con nuevas canciones. Que Paul McCartney no es sinónimo de The Beatles, de "Hey Jude", de "Michelle" o de "Let It Be", y que una vida no se puede resumir en ocho años al amparo de un grupo que dio mucho a la música, pero que tampoco se puede endiosar. Crecer a su sombra es agridulce para McCartney, pero ha sabido lidiar con fuerzas superiores, disfrutar de su legado y ampliar sus horizontes: no solo hacia la música clásica -recomiendo Ecce Cor Meum- sino también hacia la electrónica -con The Fireman- y en su propia y habitual salsa, el pop.

New, a diferencia de otros trabajos, es escuchable de principio a fin. Desde "Save Us" a "Road", McCartney renueva su propio contenido y fusiona todos los elementos que le han influido a lo largo de su vida. Con un breve rato para la nostalgia en "Early Days", transita hacia la música experimental en "Appreciate" y "Alligator", sendos ejemplos básicos de la importancia que tiene la experimentación en McCartney. Algunos se equivocan en tachar a Paul del dulzón dentro de los Beatles, frente a un Lennon entrado en carnes en el terreno experimental por hacer discos como Two Virgins. Si eso es experimental, que baje Dios y lo vea. Y una muestra inequívoca de esa falta de razón se encuentra en New, donde también pululan temas acústicos más mainstream como "On My Way to Work" o "Hosannah". Todos ellos pasados por el filtro de cuatro productores, desde Giles Martin hasta Paul Epworth, que rejuvenecen a un McCartney de setenta años pero que aun emana un espíritu joven que ya quisiéramos muchos para su edad. 

Para mí, encontrarme con trabajos como Tempest de Bob Dylan, Old Ideas de Leonard Cohen y New de Paul McCartney tiene el aliciente de la edad del obrador. Que una persona septuagenaria siga buscando nuevos horizontes musicales, disfrutando del trabajo y dando lecciones a generaciones más jóvenes, es un mérito que ya de por sí merece quitarse el sombrero. Y si además el trabajo es acertado y supone añadir un listón más a una carrera de vértigo que puede ser la envidia de la juventud, es para hacer una reverencia. McCartney, con New, lo merece, porque ha sido capaz de quitarse los fantasmas del pasado, disfrutar del momento y entregarnos una obra que, tarde o temprano, figurará entre los mejores discos de su muy dilatada obra musical.

viernes, 12 de septiembre de 2014

Reflexiones tras la Diada


Resulta triste ver la ingente multitud de catalanes presentes en las calles de Barcelona con motivo de la Diada. Y digo que resulta triste porque la Diada debería ser una celebración de todos los catalanes y no un día politizado. Igual que nadie entiende un 8 de septiembre en Asturias o en Extremadura como marcapáginas de una agenda política, es triste y humillante ver la caída en picado que lleva a Cataluña al abismo, a la fractura social y política, al choque entre sectores de la población solo por una idea preconcebida de forma errónea: la independencia. No se trata solo del derecho a decidir, porque las leyes internacionales son claras al respecto. Tampoco de la tergiversación histórica de 1714 como fecha clave del envite nacionalista; quien quiera tiene los libros de Historia y es libre de conocerla sin que nadie le diga cómo pensar. Tampoco se trata del creciente fervor nacionalista e independentista de las últimas décadas derivada a golpe de una educación institucionalizada y del sometimiento de los medios de comunicación a la Generalitat. No seré yo quien juzgue al conde de Godó y a sus acólitos. 

Se trata de la ausencia de un sentimiento común con el resto de los españoles, de la incapacidad de formar parte de una sociedad plural y de convertirla en homogénea, de la destrucción de siglos de historia común por un despecho de políticos como Jordi Pujol, que han usado el sentimiento nacional como bayoneta, apuntando a un enemigo único: España. Y cabe recordar que España no es ningún enemigo. España, ese nombre que tanto intríngulis hace sentir a muchos, es nuestro hogar común, el lugar donde hemos nacido, donde, dentro de la identidad particular de España, compartimos un espacio común con hermanos de sangre desde hace más de medio milenio de historia. España es el espacio común de todos, vuestra tierra tanto como la mía, y ninguna jugada política puede levantar murallas o barreras donde siempre hubo, hay y habrá unión y sinergia.

Hoy, en un momento trascendental para la historia de Cataluña y del resto de España, a escasos dos meses de la celebrada fecha del 9-N, no queda sino rebatir los fatuos argumentos que elevan la discordia y la separación frente al entendimiento y la unión. Que los representantes políticos tanto catalanes como españoles no entiendan estos conceptos no significa que la sociedad sepa mejor cuál es la verdad. Y la verdad es la contraria a la que promueven partidos y asociaciones independentistas: que es más lo que nos une que lo que nos separa, que no debe existir un sentimiento de dicotomía entre lo catalán y lo español del mismo modo en que tampoco lo hay entre ser extremeño y español, gallego y español, vasco y español o andaluz y español. Porque aunque algunos se empeñen en pintar una España grande y libre de color gris marengo para sembrar odio y rememorar tiempos pasados, esa España ya no existe, mal que les pese a muchos. España en el siglo XXI, la España de las Autonomías, que a pesar del entente socialista es sinónimo de federalismo, es la suma de todos sus ciudadanos, y resulta absurdo levantar fronteras entre ellos coincidiendo con una era globalizadora.

El afán sospechosamente independentista que mueve a CiU y a Artur Mas, después de décadas de nacionalismo ambiguo, tiene que ser rechazado por los propios catalanes en otro afán unionista que vuelva a conectar a la sociedad catalana con el resto de los españoles. Cataluña no puede moverse a la deriva por una multitud manejada como rebaño por una casta política corrompida hasta el tuétano. Debe entender que los ataques a sus políticos no son ataques a la sociedad catalana, del mismo modo que criticar a Ana Botella no significa atacar a todos los madrileños. Y a partir de ahí, debemos volver a tender puentes entre regiones porque todos somos parte intrínseca de España, sin necesitar la intermediación de unos políticos inmovilistas a ambos lados del espectro. Existen vías intermedias y reformistas para adaptar la realidad catalana dentro del marco español, pero siempre siguiendo el camino emprendido en la Transición y optando por la concordia y el entendimiento. De lo contrario, el problema catalán no solo significará una ruptura política con España, sino que abrirá un cisma civil en el seno de su sociedad de proporciones desconocidas. Ir en un sentido u otro depende no ya de Artur Mas o de Mariano Rajoy, sino de la altura de miras de las sociedades catalana y española.

lunes, 11 de agosto de 2014

Conversaciones entre Esperanza Aguirre y Pablo Iglesias


Aguirre: A ver, Pablo, repite conmigo: "Los etarras son asesinos"
Iglesias: Señora condesa, repita conmigo: "No ofreceré contratos públicos a imputados en la trama Gurtel"
Aguirre: ¡Ay! Pablito, Pablete, repite conmigo: "Venezuela es una dictadura"
Iglesias: Venga, señá condesa, repita conmigo: "Ignacio González es un corrupto"
Aguirre: Pablo, Pablo, que te la estás buscando... Repite conmigo: "No volveré a aceptar dinero del Gobierno de Venezuela"
Iglesias: Bueno, bueno, señora condesa, confiese que se escabulló usted de la policía en la Gran Vía.
Aguirre: Mira que eres, Pablo, yo solo me lancé en plancha del coche porque había una avispa en el vehículo. Pero de todos modos, repita conmigo: "El comunismo es malo, too bad; el capitalismo es bueno, very good".
Iglesias: ¿Y que hay de los sobresueldos en la cúpula del Partido Popular?
Aguirre: ¿Y de la asesoría de tu número dos, Juan Carlos Monedero, al Gobierno de Hugo Chávez? Repita conmigo, Pablito: "Venezuela no es cool, mola más lo yanqui"
Iglesias: Vamos, ni aunque me corten la melena.
Aguirre: Lo que voy cortarte yo va a ser el rabo y las dos orejas.
Iglesias: A ver si tenemos lo que hay que tener, señá.
Aguirre: ¿El qué? ¿Eh? Que te pego, leche.
Iglesias: El permiso de circulación en regla.
Aguirre: Bueno, ¿qué? ¿Condenamos el terrorismo o nos hacemos un cine?
Iglesias: Condene usted el caso Pokémon.
Aguirre: Y usted el Filesa.
Iglesias: ¿Y qué tengo que ver yo con eso?
Aguirre: Lo que me sale de la raba del calamar..
Iglesias: ¿Por qué no condena usted a Manuel Fraga por ser Ministro en los tiempos de Francisco Franco?
Aguirre: ¿Por qué no condena usted a Josef Stalin?
Iglesias: ¿Y usted a Adolf Hitler?
Aguirre: ¿Y usted a Nicolae Ceaucescu?
Iglesias: ¿Y usted a Lawrence de Arabia?
Aguirre: ¿Y usted a Gary Cooper?
Iglesias: ¿Y usted a Lina Morgan?
Aguirre: ¿Y usted a Vladimir Lenin?
Iglesias: ¿Y usted a Primo de Rivera?
Aguirre: ¿A Miguel o a José Antonio?
Iglesias: A los dos.
Aguirre: Cuando usted lo haga con Juan Negrín y Santiago Carrillo.
Iglesias: Solo si condena usted a Alfonso XIII.
Aguirre: Pues condene usted a Mateo Morral.
Iglesias: Claro, y luego la invito a cenar en el Ritz.
Aguirre: Con postre incluido si condena también a Errico Malatesta.
Iglesias: ¿Y por qué no hace usted lo mismo con Mateo Sagasta?
Aguirre: ¡Albricias! ¿Qué te hizo a ti Sagasta? ¿Eh? A ver.
Iglesias: Lo mismo que Cánovas del Castillo.
Aguirre: Pues a mí me toca mucho las narices Karl Marx y Friedrich Engels. Vaya usted condenándolos, que me se enfría la ensalada.
Iglesias: Si usted le suma a los Austria, que me tienen hasta la coleta.
Aguirre: ¿Los mayores o los menores?
Iglesias: Todos, redios, que me está entrando el hambre.
Aguirre: Quizás podría darle una colleja a Carlos II, pero a los demás, nanai de la China.
Iglesias: Pues aviados estamos.
Aguirre: Aviado estará usted, Pablete, que me tiene atragantada a la altura de la glotis.
Iglesias: Bueno, venga, ¿condenamos a unos cuantos y luego nos damos la mano?
Aguirre: Ya te llamo si eso cuando pague la multa del párking.
Iglesias: Entonces estamos de acuerdo en que no condenamos nada.
Aguirre: Con usted no estoy de acuerdo más que estando en desacuerdo.
Iglesias: Concuerdo.
Aguirre: Pues ya es un avance.