jueves, 21 de julio de 2016

Pueblo de bueyes


Se inaugura la Legislatura y queda abierta la veda para ver quién dice la mayor sandez en la sesión de investidura. La más gorda -la sandez, digo- se la lleva Carolina Bescansa, la pijilla millonaria renacida en hippie salvapatrias y perdonavidas, que durante la jura de la Constitución se pone a recitar a Miguel Hernández. Y no precisamente uno de sus mejores poemas. "¿Promete acatar la Constitución?", le preguntan, y ella responde: "Porque no soy un pueblo de bueyes", usando la tribuna como si fuera un concurso de poesía. Pero vamos a ver, so desgraciada, ¿qué te han hecho a ti los bueyes?

Y es que Podemos sigue convirtiendo el Congreso en un patio de colegio con sus trivialidades, como en la jura de la Constitución, un acto que debería ser solemne y que ellos, los eruditos, doctorados e inteligentes, pisotean y humillan como la camorra facciosa que son y convierten en una verbena de pueblo. "Juramos acatarla hasta cambiarla", dice alguno. ¿Hasta cambiarla por que, alma cándida? ¿Por una Constitución Bolivariana?

Pero lo más relevante sigue siendo esa coletilla que usa Pablo Iglesias, el doctor en Ciencias Políticas, al final de su jura: "Nunca más un país sin su gente". Y es que huelga recordaros que España, hasta la mesiánica llegada de Pablo, que bajó en bicicleta de los cielos envuelto en un aura, de un modo similar al espíritu de Chávez en forma de pájaro del Orinoco, era un erial baldío e inerte donde nosotros, los cerdos faciosos, nos revolcábamos inmersos en un fango de miseria. No éramos nadie hasta que lógicamente llegó nuestro Mesías con el dinero contante y sonante de CEPS y formó Podemos y nos perdonó la vida. De hecho, están estudiando si reescribir el Génesis y poner: "Al principio Pablo Iglesias creó el cielo y la tierra".
 
"Heme aquí, Pueblo", dijo Pablo un día, abriendo los brazos en cruz, y hete aquí que ahora lo tenemos hasta en la sopa, representando al Pueblo. A la Mayoría Social. A La Gente (trademark). "Ahora el Pueblo tiene 71 escaños". Los demás diputados representan a los urbanitas de la ciudad o a peligrosos entes voladores que van y vienen levitando sus penas por las aceras, siempre y cuando, eso sí, los representantes de La Gente nos concedan derecho de tránsito después de machacar una Constitución de consenso y reconciliación nacional. Debe ser lo que Juan Carlos Monedero llamaba el proceso constituyente, que no es si no el paso para transformar el orden constitucional actual de nuestro Estado de Derecho en una República de soviets y para renombrar el CNI de Soraya en un NKVD regentado por los matones de Distrito 14. Normal que no juren lealtad a la Constitución Española y monten esos circos de baja estofa.

martes, 10 de mayo de 2016

Todo tesoro tiene un precio


Después de tanto intríngulis, habemus coalición. O confluencia, vaya usted a saber. Pablo Iglesias y Alberto Garzón escenificaron ayer la unión con un abrazo en Sol. Detrás de Alberto, un cartel rezaba: "Todo tesoro tiene un precio". Enigmático, cuanto menos. El caso es que, a falta de que las 'bases' ratifiquen el acuerdo, Garzón e Iglesias parecen haber fumado la pipa de la paz. O quizás Garzón haya tomado un trankimazín para arrastrar mejor los malos recuerdos del pasado. El Pitufo Gruñón se ha convertido en Pitufo Camarada y ambos parecen dispuestos a dar el 'sorpasso' al PSOE -algo que, al menos nosotros, no tenemos muy claro que se vaya a producir- y a ganar al PP -cosa que ni de lejos ocurrirá porque Mariano ya tiene hecha la campaña electoral con la carraca del voto útil-.

De ahora en adelante, el casi millón de votos debería sumarse a los cinco millones que Podemos sacó en las elecciones del 20-D. Sin embargo, uno se pregunta qué tendrá más peso en la balanza de la coalición: si su capacidad de movilizar parte del voto abstencionista o la pérdida de votos de una vieja guardia en contra del acuerdo con el partido morado. Es decir, el poder de convocatoria de un partido bicéfalo -aunque con una cabeza, la de Iglesias, más prominente que la de Garzón- o quizás todo lo contrario, el enfado de quienes ven a Alberto aunando fuerzas con quien le insultaba hace apenas seis meses.

Porque, todo hay que decirlo, no son pocas las voces dentro de IU discrepantes con ver a su líder dejando de ser aspirante a Presidente del Gobierno para quedar en una lúgubre quinta posición dentro del partido de Iglesias. Todo hubiera sido más fácil si Iglesias se hubiera mordido la lengua antes de haber llamado a Garzón «izquierdista tristón» y de haberlo condimentado en una sabrosa «salsa de estrellas rojas», entre otras lindezas. Pero ya sabemos cómo se las gasta Pablo cuando sube a un atril y empieza a rapear como si estuviera en un concurso de hip-hop.

También es interesante ver cómo Podemos ha dado un giro de 180 grados en su estrategia sobre la famosa «transversalidad», ahora perdida al abrazar el ala comunista de IU. Pablo ya no puede machacar al personal con esa magna idea de ser el partido de «los de abajo» al quedar enclaustrado dentro del tradicional eje izquierda-derecha, y tampoco puede hacer uso de su lucha contra la «casta», al abrazar al tradicional partido-muleta del PSOE durante cuarenta años de tramolla democrática.

Los cambios son significativos y deberían dar que pensar a muchos. Diluir unas siglas con treinta años de historia en una alianza forjada en apenas una semana, con un partido de dos años de vida, sin un largo y sosegado debate, aprisa y corriendo, no va a sentar bien en algunas casas, digan lo que digan los referendos. Y menos aun cuando las cicatrices de aquellas puñaladas de Iglesias a Garzón aun no han supurado en la mente de algunos. 

Pero la política es así de extraña, y cuando de por medio está la posibilidad de alcanzar el poder, hace extraños compañeros de cama. En el caso de IU y Podemos, el cortejo entre ambos es natural porque son dos piezas del mismo puzzle. Pero quizás la presencia del mensaje que dice eso de "todo tesoro tiene un precio" detrás de Garzón, ayer en la Plaza del Sol, no sea casual. Que ya nos conocemos el show business de Pablo Iglesias.

miércoles, 4 de mayo de 2016

Confluir o morir en el intento

En menos de cinco meses, la 'confluencia' pasa de estar rota a ponerse otra vez en marcha. Atrás quedan los tiempos en los que Pablo Iglesias llamaba de todo menos bonito a Alberto Garzón. Más atrás quedan los tiempos donde Iglesias, por entonces asesor de Izquierda Unida, pedía un puesto en las listas del partido a las elecciones europeas. Atrás queda su salida y el auge y apogeo de Podemos en un abrir y cerrar de ojos. Atrás, en el albur de los tiempos, quedan las declaraciones de amor y odio en sentido unidireccional, porque Garzón al menos no tiene esa mala baba que escupe el líder de la formación morada. Ya saben, que si Pitufo Gruñón, que si la izquierda ceniza, tristona y amargada, que si la bandera nosequé, que si los caucos nosecuánto, que si patatín y patatán. Por ahí anda esa loable carta de Iglesias a Izquierda Unida con menos de un año de vetustez.

Garzón parece haber olvidado los puñales y los piolets clavados en la espalda, y aun con la herida sin supurar, sigue intentando 'confluir', como si los partidos fueran ríos destinados a juntarse y acabar su vida en la mar, como quien intenta subirse a un coche en marcha y acaba rodando por el firme de la carretera. En ese percal está con su referéndum a las bases de IU, con la certeza de que sus urnas le darán la razón, porque cuándo la militancia no ha dado su respaldo a la Palabra del Líder. Nunca, que recordemos.

Pero ello no quita que incluso dentro de IU afilen cuchillos, porque una cosa es la política nacional y otra la regional. Entre las voces discordantes, Gaspar Llamazares carga contra Podemos. Y viceversa, desde luego. El primero critica que Podemos en Asturias hace pinza con el PP dificultando la gobernabilidad de la región. Y tiene razón. Y el segundo critica que Llamazares apuntale al PSOE en la segunda y única región donde los socialistas ganaron las elecciones autonómicas, a pesar de los casos de corrupción que salpican al gabinete de Javier Fernández. Y tampoco les sobra razón.

Como ejemplo no está nada mal, pero no es un caso aislado y se repite en la geografía española. No obstante, a pesar de esas voces discordantes, de esos avisos sobre extraños compañeros de cama que llevan a Partido Popular y a Podemos a 'confluir' extraños intereses en distintos ayuntamientos y comunidades, el órdago a Izquierda Unida sigue adelante. Comenzó cuando Iglesias salió de IU por la puerta de atrás y cuando, con el rencor aun caliente, se hizo autónomo y montó su propio negocio, ese que gracias a la proyección mediática -esa misma proyección que luego critica- sobrepasó al padre putativo.

Hoy, el órdago sigue en marcha a través de Garzón y su desmedido interés por hacerse el harakiri, justo cuando parte de la sociedad española ha visto que Podemos prefiere mantener a Rajoy en La Moncloa por no pactar con el Partido Socialista. Y justo ahora, cuando existe, según las encuestas, un trasvase de votos hacia su formación política, parece dispuesto a dinamitar los treinta años de historia de IU -más los restantes del PCE- para subirse al suflé morado, que hoy está arriba y mañana, quién sabe, puede estar abajo. ¿Será que Alberto ya no quiere cocerse en la salsa de estrellas rojas a la que le mandaba con desdén Pablo Iglesias? ¿Será que ya le ha perdonado todos los desplantes, incluyendo el veto de Podemos a que IU formara grupo parlamentario con Compromís? ¿Cree de verdad que el arrpentimiento de Iglesias es sincero y no una simple estrategia electoral para ultimar su 'vendetta'? Garzón parece pecar de buenismo en exceso, así que allá él, que en su pecado lleva la penitencia.

jueves, 21 de abril de 2016

La noche de los piolets voladores

A Pablo Iglesias no se le puede quitar el mérito de 'emprendedor' dentro del ámbito político, aunque otros preferimos llamarlo 'arribismo'. Tanto en un caso como en otro, varios años después de sus inicios en la política como asesor de la mano de Izquierda Unida, el hijo pródigo está a un paso de cometer un sonoro parricidio en su intento por fagocitar a IU y deshacerse de cualquier competencia en ese juego de 'matriuskas' que es la izquierda española. Y Alberto Garzón, actual dirigente de IU, parece feliz de hacer ese abrazo del oso que le va a dejar las costillas al aire y los pulmones sin pleura donde sostenerse.

No sabemos muy bien si Garzón es de corta memoria, pero huelga decir que los desplantes de Iglesias a Izquierda Unida fueron numerosos y sonoros. No solo llamó "cenizos", "tristones", "amargados" y "aburridos" a sus ex-compañeros y les espetó que fueron "incapaces de hacer nada en 25 años", sino que, en su intento por 'reunificar' la izquierda que él mismo rompió por gemación, una vez roto el posible pacto con Alberto para las elecciones del 20-D, Iglesias se despachó a gusto con sus antiguos camaradas, elevando el tono y cercenando cabezas por doquier, en una parodia muy explícita de Juego de Tronos. 

Aquellos días fueron un cruce de fuego enemigo entre un Garzón cordial y un Iglesias rabioso, al estilo de los sucesos de mayo de 1937 entre PCE y POUM. Mientras Garzón guardaba silencio y se mostraba educado, Iglesias llamaba a su partido el "Pitufo Gruñón" de Podemos y, agitando su dedo índice por doquier, soltó perlas tales como que "no voy a ceder a ningún chantaje" y cosas por el estilo. Todo a raíz de una propuesta que Garzón proclamaba como 'de unidad popular' -eufemismo progre de 'coalición'- y que Iglesias llamaba de otro modo, no recuerdo muy bien cómo, pero que era una forma muy al uso de decir 'disuelve tu partido y te ofrezco un puesto en el mío'. 

Sin embargo, hora que las encuestas de cara a unas posibles elecciones el 26-J le otorgan una pérdida de votos, Iglesias parece dispuesto a ir en coalición con Garzón. O como dicen ellos, a alcanzar la 'unidad popular'. Y Garzón parece haber borrado su disco duro y estar encantado con todo ese asunto. Viéndolo desde los ojos del dirigente comunista, no encontramos otra forma mejor de que alcance lo que nunca fue capaz de conseguir siendo líder del PCE. Pero visto desde los ojos de un simple espectador, huelga decir que Iglesias parece sediento de poder, y que para abrir apetito, quiere merendarse al partido de Garzón, fagocitar sus votos y apalancar su preciado culo en la silla de la Presidencia del Gobierno. Todo ello a costa de la desaparición del PCE, una organización con casi un siglo de historia a sus espaldas que no tiene nada que envidiar al neonato Podemos, y donde el hijo pródigo empezó su carrera, fue expulsado, y tras su prédica en el desierto, regresa para decir: "Hijos míos, inmolaros en mi nombre y os prometeré el cielo de Marx".

Si Alberto Garzón quiere aceptar la humillación de disolver IU en la sopa de Podemos, allá él. No seremos nosotros quienes marquemos su política. Pero por mucho que se esmere en hablar de 'unidad popular', es difícil hacer una piña con quienes, por ejemplo, en Comunidades como Asturias se posicionan del lado del PP y boicotean un pacto de estabilidad presupuestaria entre PSOE e Izquierda Unida. Y más difícil de entender es que sea una organización federal quien se diluya en el unitarismo de Podemos. Y más difícil aun es que lo haga un partido con 95 años de historia frente a uno con solo dos años en su mochila. Y más difícil aun, si cabe, es hacerlo con quien fue el principal responsable de dividir el voto de la izquierda y de dilapidar las aspiraciones electorales de IU creando otro partido que, una vez en el poder, ha permitido mantener a Rajoy en el Gobierno antes que alcanzar un pacto con el PSOE. En fin. En cualquier caso, Garzón, te recomendamos coraza, coquilla y yelmo de hierro para los abrazos de oso y los posibles piolets voladores.

martes, 19 de abril de 2016

Blanqueando a ETA

Nos gustaría pensar que la intención de Jordi Évole con la entrevista a Arnaldo Otegi el domingo pasado en 'Salvados' era buena. Que Jordi cree de verdad en el interés periodístico y que, por tanto, no es cómplice, ni directa ni indirectamente, de ese blanqueamiento del historial de ETA al que muchos acudimos perplejos. Queremos pensar eso, aunque en realidad tampoco sabemos muy bien a qué atenernos, viendo el currículum del presentador. Pero su interés por dar pábulo a un etarra como Otegi, que además aspira con grandes ínfulas a ser lehendakari, ha tenido un efecto colateral, que es el de poner a un mismo nivel la voz de asesinos y de asesinados, de perseguidores y perseguidos.

Los que tenemos memoria hemos sufrido el horror de ver cadáveres tirados en las calles de toda España, en charcos de sangre, con un tiro en la nuca; o coches volados en mil pedazos por las bombas-lapa de esos gudaris tan valientes que ni eran capaces de enfrentarse cara a cara con sus 'enemigos'. Años después, con ETA en un segundo plano, aunque aun sin disolverse, y con sus adláteres en las instituciones democráticas, las víctimas de ETA encima tienen que sufrir la humillación de ver en televisión a un impresentable que no solo sigue justificando los asesinatos, tal y como dejó entrever en su entrevista, sino que se escuda en mil eufemismos para seguir sin condenar la violencia de ETA, prueba más que suficiente para que no pueda acceder a un cargo público en las instituciones de España. 

Évole pensará lo contrario, pero su entrevista dio alas al victimismo permanente de Arnaldo Otegi, máximo exponente de ese sector abertzale de la sociedad vasca que sigue podrida hasta la médula, que cree en el heroísmo de sus gudaris y que mantiene el valor de afirmar que hay vidas que valen más que otras, y que los concejales de PP y PSOE y los miembros de Policía y Guardia Civil se merecían la muerte para alcanzar la independencia de ese engendro histórico que llaman Euskal Herría. De hecho, solo faltó que se autoproclamara como el nuevo Madiba, el segundo Simón Bolívar, el nuevo prócer del independentismo. 

La imagen de Otegi, por muchos intentos de blanquearla a través de entrevistas, sigue siendo tan negra como su infecta y pútrida alma. Porque estamos hablando del hombre que paseaba alegre, tomando el sol, por la playa de Zarautz cuando asesinaban a Miguel Ángel Blanco. De ese gudari que intentó difundir videos de ETA en la propaganda de Herri Batasuna a mediados de la década de 1990. De ese sujeto que homenajeó a etarras fallecidos al explotarles un coche bomba que estaban a punto de activar. De ese 'ente' que acudía a los funerales de etarras como Argala y Castresana, pero que nunca puso un pie en los entierros de Ordóñez, Múgica, Giménez Abad, Lluch, Jiménez-Becerril y otros 830 asesinados por los suyos. De ese hombre que dice delante de una cámara, sin inmutarse, «el día que Miguel Ángel Blanco apareció muerto», como si hubiese fallecido así, de repente, por chocarse con una bala que encontró en el camino. Del dirigente que intentó reorganizar la cúpula directiva de Batasuna por orden directa de los 'jefes' de ETA. En definitiva, de un cretino que sigue legitimando la violencia y el terrorismo de ETA.

Por mucho que un sector de la política española, encabezada por Pablo Iglesias y Alberto Garzón, nos intente vender la imagen perfumada y edulcorada de Otegi como hombre de paz que lucha por el fin del 'conflicto vasco' y por mucho que intenten revertir la historia, los que estamos a este lado de la trinchera sabemos que Otegi sigue siendo el rostro visible y la cara amable del último bastión del fascismo en Europa, de ese aborto de ideología que cree en la superioridad de los unos sobre los otros y envuelve la violencia y el terror en mil eufemismos dignos de la propaganda nazi de Joseph Goebbels. Su entrevista en 'Salvados' ha servido para saber que sigue siendo el mismo de hace veinte años y que su 'proceso de paz' sigue pasando por aislar en el recuerdo a casi un millar de víctimas, por hacer borrón y cuenta nueva, dejando en la cuneta el dolor y la rabia de las familias que un día perdieron a sus parientes.

Frente a ese intento por trocar la historia, frente a los rastreros aduladores del lobo con piel de cordero, frente a ese mezquino intento por blanquear los últimos cuarenta años de ETA, los que estuvimos, estamos y estaremos SIEMPRE junto a las víctimas de ETA no vamos a tolerar nunca que se les pisotee, se les humille y se les haga perder el respeto y la dignidad que merecen.

jueves, 14 de abril de 2016

La República no era eso

Los irresolutos nostálgicos apegados a la naftalina del pasado reviven hoy la bandera tricolor, en un intento vano por resucitar lo que está muerto, pero a un republicano normal debería importarle más bien poco las fechas conmemorativas de la Segunda República, ese periodo convulso que sigue inmerso entre sus tenues luces y su multitud de sombras, ya no es un espejo que dé fiel reflejo del verdadero espíritu republicano.

Sin ánimo de hacer un panegírico sobre historia, la II República fue indiscutiblemente un periodo caracterizado por la división de la sociedad española en dos bandos irreconciliables y el enconamiento de las ideologías políticas hacia sus extremos más rancios, mientras los sucesivos gobiernos eran incapaces de imponer el orden público. Las sucesivas revueltas anarquistas, la revolución del 34 en Asturias -con el asesinato de una treintena de religiosos y la voladura de la Cámara Santa y del paraninfo de la Universidad de Oviedo-, la proclamación del Estado Catalán por Companys, el desorden público tras la victoria del Frente Popular y el creciente anticlericalismo -que no laicismo- materializado en la quema de iglesias, todo ello en apenas cinco cortos años de historia, son algunas muestras evidentes de la falta de imperio de la ley en una República que desde su nacimiento no fue bienvenida por una izquierda cada vez más revolucionaria por considerarla 'burguesa' ni por unos nacionalismos que no se contentaban con un simple estatuto de autonomía. 

No sabemos muy bien dónde encuentran algunos la hermosura y la bizarría de esa algarabía política 85 años después de aquellos tiempos. Y sin embargo son muchos los que parecen dispuestos a meter el dedo en la llaga y reabrir las viejas heridas; a regresar al enfrentamiento, a los bandos irreconciliables, al cuadro de Goya con dos españoles medio enterrados en el barro y dispuestos a darse de garrotazos; a resucitar al dictador cada dos por tres, porque en el fondo su vida política no tiene sentido sin ese chivo expiatorio, sin ese muñeco de vudú de voz atiplada al que clavar agujas. En definitiva, a retroceder en el tiempo casi un siglo porque su única visión de futuro para España pasa por el pretérito imperfecto, por el revanchismo, por ganar la guerra perdida, por reescribir la historia.

El sentimiento republicano en España sería normal si pasase por un debate abierto sobre la forma de Gobierno de nuestro país. Pero los promotores del republicanismo actual, a caballo entre Izquierda Unida y Podemos, ni siquieran hablan sobre si quieren una república presidencialista o una república bicéfala. No existe tal debate. Su única preocupación es resucitar esa Segunda República llena de lagunas, división y enfrentamiento; ese espejo roto en la historia de España que debería quedar en los libros de historia y que muchos tratan de reanimar sin saber que lo muerto no puede revivir. 

Frente a ello, lo que haría un republicano sería mirar hacia el futuro de España para crear un proyecto de convivencia común e integrador sin la Casa Real en la Jefatura de Estado, algo muy legítimo; pero ese futuro no pasa por cambiar las banderas, modificar los himnos, mentar a Franco día tras día o reactivar la guerra de trincheras y la división irreconciliable entre españoles, que es lo que supone emular los tiempos de una Segunda República fallida. Porque tal y como dijo Ortega y Gasset: «Una cantidad inmensa de españoles que colaboraron al advenimiento de la [Segunda] República con su acción, con su voto o con lo que es más eficaz que todo eso, con su esperanza, se dicen ahora, entre desasosegados y descontentos: "¡No es esto, no es esto!"». Y es que, en realidad, la II República no es precisamente el ejemplo a seguir en una república.

jueves, 7 de abril de 2016

El día de la marmota

La política española se ha convertido en un pandemónium digno del libro Guinness. Cien días después del 20-D, las posiciones de cada partido político han cambiado poco, salvando el acuerdo entre PSOE y Ciudadanos, que más bien parece una delgada cuerda de nailon a punto de resquebrajarse. Y es que la política española sigue enquistada en la trinchera defensiva, en una especie de línea Maginot de la que nadie quiere salir a otear el horizonte, a mirar por el futuro de la sociedad española dejando de lado el habitual revanchismo político. Parece que aun no han entendido una de las declaraciones principales de los españoles que fueron a las urnas el 20-D: la necesidad de llegar a acuerdos entre las distintas formaciones del arco parlamentario, sin enquistarse en el discurso de precampaña, una vez rota la mayoría absoluta del Partido Popular.

El problema surge cuando el político español, independientemente de su color, está en una campaña electoral permanente. Rajoy sigue en sus trece de dejar que PSOE, Podemos y Ciudadanos se den de cuchilladas en el vientre; Sánchez sigue en sus trece de aislar a un Partido Popular necesario en cualquier acuerdo por tener mayoría en el Senado; y Podemos y Ciudadanos siguen en la tesitura de marcar distancias asemejando un nuevo bipartidismo idéntico al bipartidismo que criticaban antes del 20-D. Los unos, a pesar de perder millones de votos, y marcando alegría y salero con la petaca en el ligero, quieren ser Presidentes; los otros, la voz del «pueblo» oprimido que sufría hambre, recortes y miserias, ya no tienen la urgencia de realizar reformas y se piden Vicepresidencias y organismos de control radiofónico y de Inteligencia, pasando olímpicamente de Educación y Sanidad.

Todos siguen en sus trece, en unas trincheras ideológicas desde las que los líderes políticos no son capaces de alcanzar unos acuerdos básicos para el futuro de nuestro país, en una permanente campaña electoral donde la rueda de prensa, el postureo, las apariciones en televisión y los tuits resultan más importantes que los pactos políticos. Cien días después, y salvando el pacto entre PSOE y Ciudadanos que también se enmarca en un claro postureo mediático, los mensajes de Rajoy, Sánchez, Iglesias y Rivera siguen enquistados en el mismo punto de salida, mientras los españoles parecemos clones de Bill Murray encerrados en Punxsutawney en 'El día de la marmota'. 

La cuestión, al final, será saber cuánto tiempo más seguiremos inmersos en ese 'día de la marmota' con la parsimonia habitual del españolito de a pie, sin necesidad de rodear el Congreso de los Diputados y mandarlos a todos a freir espárragos de una vez. Porque si un político no es capaz de alcanzar unos acuerdos mínimos para la sostenibilidad de un país, lo mejor que puede hacer es irse a su casa y dejar de j*der la marrana. Algo sobre lo que deberían reflexionar los líderes de todos los partidos del arco parlamentario.

lunes, 28 de marzo de 2016

Sobre el discurso buenista de Occidente

Ya está bien de escuchar a los gilipollas de siempre decir que los yihadistas se inmolan porque Occidente invadió países en Oriente, porque Occidente hizo esto y porque Occidente hizo lo otro. ¿Tendrán el gusto los tertulianos expertos en todología, tan raudos ellos a la hora de salir en pantalla diciendo necedades, de explicarnos entonces si el atentado en Bagdad o en Pakistán es también porque Occidente es perverso? ¿También Occidente es responsable del atentado en Lahore?

Ya está bien de colectivizar todas las religiones bajo un mismo paraguas. Ya está bien de decir que todas las religiones son igual de fanáticas. No he visto a católicos, a hinduístas o a budistas inmolarse en un aeropuerto o en una estación de metro para matar a decenas de personas inocentes, igual que llevo sin ver un auto de fe de la Inquisición desde 1781. Solo lo hacen musulmanes fanatizados bajo el odio hacia Occidente, hacia nuestras libertades y hacia nuestro modo de vida, y cuyo sadismo compra en la actualidad el Daesh difundiendo la yihad a través de Internet, como una mala rémora de la Edad Media a saltar en pleno siglo XXI.

Ya está bien de escuchar soplapolleces sobre la integración y de oír barbaridades como las del eurodiputado Miguel Urbán, que afirman que los chicos de Molenbeek se inmolan porque «no les queda otro remedio», cuando da la casualidad de que los yihadistas de los atentados en Francia y Bélgica son 'personas' (sic) adictas a los entretenimientos occidentales que disfrutan de una vida plena en nuestros países y de repente sufren una radicalización 'exprés' a manos del Daesh. Según el planteamiento de Urbán, ¿los que sufrimos el paro también hemos de inmolarnos en una estación de tren? ¿Los que llevamos meses sin encontrar trabajo tenemos que salir con un kalashnikov a la calle para vengarnos de la sociedad? Querido Urbán, ¿por qué, en el caso de que quieran matarse, pudiéndolo hacer tirándose desde un maldito puente o saltando delante de un camión en una autopista, lo hacen matando a víctimas inocentes?

Ya está bien de justificar al terrorismo. Ya está bien del discurso simplista y buenista según el cual nos matan porque hemos sido malos y nos lo merecemos. Ya está bien de intentar meter en un mismo saco a todas las religiones cuando solo hay un fenómeno yihadista en el islam. Ya está bien de colectivizar las matanzas, de usarlas como arma política, de intentar sacar rédito electoral tanto desde colectivos racistas que atacan a toda una población como desde los grupúsculos 'hippies' que restan importancia al asunto y pretenden acabar con la barbarie con ramos de flores y cánticos espirituales. Ya está bien de darnos golpes de penitencia mientras nos apuntan con un kalashnikov o nos explotan por los aires, por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Ya está bien de lanzar piedras contra nuestro propio tejado.