miércoles, 2 de marzo de 2016

El paralelismo entre Otegi e Iglesias


No sé si quedaba alguna duda sobre el acervo ideológico de Pablo Iglesias. Quizás algunos crean en el poder redentor de su silla giratoria, pasando del Europarlamento al Congreso, pero los que somos perros viejos no creemos en los milagros. Y menos en los milagros leninistas. Tras la salida de prisión de Arnaldo Otegi, Iglesias no ha hecho más que reiterar su verdadera forma de pensar: que es un hombre de paz, que ha hecho una gran labor por la paz en Euskadi, que era un crimen que estuviera en prisión, que es un preso político, que si patatín y patatán. Y permítanme la coletilla: sic, sic y más sic ad nauseam.

A sus acólitos, hooligans y berberechos, inmersos en ese estado de autismo permanente salvo cuando brava el Líder Supremo, da igual decirles so que arre porque no conocen el criterio de la divergencia de opiniones. Para ellos no hay sino solo la Versión Oficial del Miniver y todo lo demás, según la retórica podemista, es caca, pedo, culo, pis. Les importa poco que Otegi estuviera en prisión por hechos probados de colaboración con banda terrorista, cuando intentó reconstruir Batasuna por orden directa -repito, por orden directa- de los líderes de ETA. Tampoco les merece atención que Otegi hiciera apología del terrorismo en público durante décadas o que siga sin condenar o pedir perdón por su vinculación al brazo político-militar de ETA. Y menos aún que el Líder Supremo caiga en la continua contradicción de decir que Otegi es un preso político y a la vez digan que Leopoldo López está preso en Venezuela por exaltación de la violencia.

De hecho, a los hooligans todo esto les importa un rábano, porque para ellos solo existe la Verdad Suprema del Amado Líder, y todo cuanto contradiga sus tweets y sus discursos son Propaganda Fascistoide. Son varios millones de sordos -y algún que otro despistado- que seguirán fielmente al Líder, creyendo en el poder redentor de su palabra, de su discurso, de su programa, según el cual los corruptos irán a una prisión del medievo, la gente comerá maná llovido del cielo y podremos aumentar el gasto público en 100.000 millones de euros sin cumplir objetivos de déficit y disparando la deuda pública porque Draghi y Merkel se van a hacer íntimos amigos de Errejón y de Bescansa y fluirá el crédito del BCE. Algo tal que así.

Pero detrás del discurso facilón está la ideología que lo vincula políticamente con Otegi: el leninismo amable que mete con calzador en cada discurso, el verdadero yo desde su tierna adolescencia, esa ideología que, a modo de iceberg, oculta bajo el agua su certero planteamiento político, basado en la desestabilización del poder. Y no lo ocultan: tuiteaba Errejón que "nuestro paso es repetir a Lenin". Y en eso están en pleno debate de investidura: en boicotear la formación de cualquier Ejecutivo y repetir elecciones ad infinitum hasta llegar al poder. "O estáis conmigo o contra mí". A Pablo, Íñigo y compañía ni siquiera les va a hacer falta explicar a sus votantes por qué prefieren mantener a Mariano Rajoy en la Presidencia, dado que sus votantes-lazarillos seguirán sumisos y fieles a sus amos putativos.

Al final, entre Arnaldo Otegi y Pablo Iglesias hay pocas diferencias. Salvando la participación del primero en secuestros y extorsiones, que muchos parecen olvidar, el trasfondo ideológico de ambos, así como el odio a una España vertebrada como Democracia liberal y como Estado de Derecho a través de la Constitución de 1978, es el mismo, con un pequeño margen de discrepancias. Ambos persiguen, en su justa medida, un fin común, el uno en su taifa norteña y el segundo en lo que quede de la actual Nación una vez desgajada Euskadi y Cataluña, que no es sino una especie de Estado socialista con retratos de Vladimir Lenin y de Hugo Chávez donde antes estaban Juan Carlos I y Felipe VI, el uno agitando el puño al grito de 'askatuta' y el otro al ritmo de 'sí se puede'. Así que no sabemos muy bien por qué algunos se llevan las manos a la cabeza pensando que Iglesias diga tamaña barbaridad, si el problema no es que lo diga: el problema es que, en realidad, lo piensa.

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