martes, 23 de diciembre de 2014

Feliz Navidad


Desde La sardina colirroja os deseamos feliz Navidad
y nuestros mejores deseos para que 2015
sea un año lleno de prosperidad, ilusión y esperanza.



viernes, 12 de diciembre de 2014

La noche de los mensajes cortos

Revisitar los días posteriores al 11-M es doloroso. Muchos recordamos con tristeza los atentados de Atocha que cercenaron la vida a 192 personas. Pero otros no solo hablan del 11-M sin ningún tipo de dolor, sino que se pavonean utilizando el dolor de las víctimas para encender una llama de indignación en la sociedad española, pervertirla y usarla contra el Gobierno en un día de reflexión. Apenas veinticuatro horas antes de abrir los colegios electorales, comenzaron a circular SMS en los que se llamaba a sitiar las sedes del Partido Popular. Práctica noble el asedio donde las halla, especialmente si existiere casus belli. Pero en pleno siglo XXI, el casus belli es apenas un recuerdo borroso de la Edad Media, y las concentraciones en sedes del Partido Popular no solo boicotearon una jornada de reflexión, sino que fueron una deslealtad hacia las víctimas del terrorismo y hacia el dolor de sus familiares. Nunca la izquierda española en su larga historia fue tan vil, tan despreciable y tan mezquina. 

Arcadi Espada la llama la noche de los mensajes cortos. Una reminiscencia de la Kristallnacht de 1938, en la que se desató una ferviente locura antisemita en el seno de la Alemania nazi. Entre ambos momentos históricos, diez años después de los atentados, pulula Pablo Iglesias, que en una entrevista reciente con Iñaki Gabilondo se autoproclama creador del SMS. Mientras Pablo saca pecho de su ingenuidad, Iñaki se agazapa, sonríe y deja que Pablo se crezca en su egolatría. Hablamos de Iñaki, cuya profesionalidad como periodista feneció horas después del 11-M al alertar desde su micrófono de la SER sobre «fuentes antiterroristas que apuntaban la posibilidad de que un terrorista se haya inmolado en uno de los trenes». Iñaki, que dio pábulo al maquiavelismo radiofónico y participó de la conjura contra el Gobierno de José María Aznar con el fin premeditado de dar sepultura y misa de réquiem al Partido Popular. Iñaki Gabilondo, asalariado del Grupo PRISA y batuta de la orquesta sinfónica de un golpe de Estado para arrebatar el poder al Partido Popular, a quien encuestas de la propia SER daban como vencedor en las elecciones, utilizando las cloacas del Estado y la muerte de casi dos centenares de personas de una forma ruin, asquerosa, deleznable, repugnante y vomitiva.

Diez años después, cada 11-M, sigo recordando con dolor a las 192 víctimas. Soy un ciudadano más, usuario habitual de Renfe, que podría haber estado en esos trenes si viviera en Madrid. No existe el día en que vea u oiga un ferrocarril y recuerde las atroces imágenes de esa nublosa mañana de marzo en la que España perdió la poca dignidad que aun guardaba. Sin embargo, otros se regocijan frente a las cámaras, entre tiernas y cándidas sonrisas de enamorados, de haber gestado el golpe de Estado asediando sedes del Partido Popular. En otro país, en otro Estado medianamente civilizado, políticos de derechas y de izquierdas hubieran respaldado al Gobierno en cualquier toma de decisiones, aunando fuerzas para consolar a las víctimas y uniéndose para una lucha conjunta contra el terrorismo, fuese del cariz ideológico que fuese. Pero como anunciaba Manuel Fraga décadas atrás, Spain is different, y aquí se lleva más la escabechina de los cadáveres en caliente para lanzarlos contra sedes de un partido político. Muy democrático. Muy europeísta. Muy civilizado. Me pregunto si Iñaki Gabilondo, Pablo Iglesias y todos los conspiradores que intentaron sacar provecho de 192 cadáveres pueden dormir tranquilos.

jueves, 11 de diciembre de 2014

Congresos a la búlgara

Abril de 2008. Mariano Rajoy se presenta a la reeleción como candidato del Partido Popular para unas segundas elecciones generales. Las anteriores las había perdido un 14-M, tres días después el fatal atentado de Atocha que acabó con la vida de 192 personas. En aquel momento, un joven Rodríguez Zapatero se aupó al poder aunque encuestas previas daban victorioso a un PP aun quemado con casos como el hundimiento del Prestige o la guerra de Iraq. Con la caló propia de abril en tierras valencianas, Rajoy comparece ante los micrófonos de un estrado rodeado de compañeros de partido. No lleva corbata, su gesto es adusto y reafirmante. Rajoy agita una mano, mira al frente y dice: «Si alguien se quiere ir al partido liberal o al conservador, que se vaya». A alguno le da un patatús, pero una ovación cerrada -¿cómo serán las ovaciones abiertas?- clausura el congreso del Partido Popular y sentencia al partido de muerte, que deja de tener una ideología clara y precisa después de ocho años de aznarismo. Se abre el coto de caza para gente como María San Gil, Esperanza Aguirre y Jaime Mayor Oreja para prisorizar el partido, para darle un lavado de cara y convertirlo en un centro-derecha näif. Es un congreso a la búlgara, sin candidatos que puedan contradecir al carismático, cariacontecido y carituresco líder, que emana el licor de la victoria mientras levanta los brazos y exhibe las axilas.

Noviembre de 2014. Pablo Iglesias se presenta como candidato a la secretaría general de su partido. Unas pocas semanas antes se forma su partido, Podemos, en una asamblea constituyente en el Palacio Vistalegre de Madrid. Todo son ovaciones cerradas -¿cómo serán las ovaciones abiertas?-. Una seguidora da a Pablo un azote en el culo que le impulsa al estrado. Pablo sube al estrado victorioso: su candidatura organizará la primera asamblea de Podemos con un 86% de los votos. Una vez realizada la asamblea, Pablo se convierte en secretario general de Podemos con un 90% de los votos, y sus acólitos, presentes en una lista cerrada, copan los principales puestos del partido. Su principal rival en materia de organización, Pablo Echenique, que prefería organizar el partido con varios secretarios, decide no presentar candidatura. Para qué, pues quién si no la candidatura de Pablo va a copar los puestos políticos del partido de Pablo. No hay sitio para Trotskis.

Es Podemos. El partido que iba a tomar las decisiones de abajo arriba, de forma asamblearia, contando con el parecer de las bases, de los ciudadanos, de una forma distinta de entender la política, más cercana a la plebe. Ahora las asambleas, los círculos locales, ya perdieron interés. No tienen ninguna potestad organizativa. Se decidió que la toma de decisiones la decidiese Pablo. Pablo dice "digo" y la gente aclama: "¡Claro que digo!". Y Pablo dice "Diego" y la plebe exclama: "¡Claro que Diego!" o "Uy, qué miedo le tenéis a Diego". Todo depende de lo que Pablo saque por la tráquea. Pablo habla del pueblo soberano, del pueblo decide, de que si el pueblo obladí, de que si el pueblo obladá. Pero los votos son para Pablo. Porque son Pablo y su equipo quienes salen en televisión y quienes llevan impreso el logotipo de Podemos en la frente. Podemos Inc. Podemos trademark. De hecho, el rostro de Pablo es trademark en las papeletas del partido en las elecciones al Parlamento Europeo. ¿Quién si no iba a dirigir Podemos? ¿El Círculo de Enfermería? ¿El Círculo de Terapias Naturales? Pues no, oigan, no estuvo Pablo maquinando su ascenso al poder durante casi diez años para que vengan ahora circulitos fantasmas a arrebatarle el dulce caramelo que saborea con bouquet a Moncloa.

En 2008, Mariano Rajoy fue aclamado líder indiscutible del Partido Popular. Los que ahora le levantan la voz en el seno de su partido, antes aplaudían con las orejas y bailaban sardanas con tacones de aguja. En 2014, Pablo Iglesias fue aclamado líder indiscutible de Podemos, una nueva formación que dice situarse en las antípodas del Partido Popular. Pero la distancia entre unos y otros no es tan amplia. Ambos gustan de modelar congresos a la búlgara, una fórmula caucásica de elegir al Líder, donde o bien solo hay un candidato que señalar con el dedo índice, caso del Partido Popular, o bien se disfraza la elección de un único candidato con una votación cuyo resultado es sabido de antemano, caso de Podemos. En cualquier situación, es un fraude a la Democracia.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

En defensa de Sergio Martín

Suelo ver de vez en cuando La noche en 24 horas, una tertulia nocturna de Televisión Española presentada por Sergio Martín y ahora en la picota de la actualidad por su reciente entrevista a Pablo Iglesias, líder de Podemos. Y aun a riesgo de que me tachen de neoliberal comeniños desde los soviets informativos del ente público, la razón de elegir este programa es muy sencilla: en La noche en 24 horas se escucha a los tertulianos. Sí, señoras y señores: a diferencia de debates y tertulias como Las mañanas de la Cuatro, Un tiempo nuevo de Telecinco, El cascabel o La marimorena de 13TV, en La noche en 24 horas se suele escuchar la opinión de los diferentes tertulianos con respeto desde las diferentes discrepancias ideológicas, dando la casualidad de que opinadores que en otros medios graznan e interrumpen a sus adversarios, en La noche en 24 horas se comportan con educación, sosegados y tranquilos, respetando los tiempos de los demás, cuando están  en La noche. Todo ello, bajo la dirección de Sergio Martín, a quien pretenden barrer del ente público por mostrarse conciso e hiriente con Pablo Iglesias.

Según el Consejo de Informativos de TVE, el tono que empleó Sergio Martín con Pablo Iglesias fue "mucho más agresivo que el habitual", en alusión al momento en el que el presentador insinuó que Iglesias podía estar de enhorabuena por la excarcelación de dos etarras. Después de ver la entrevista, creo que el revuelo mediático montado con la figura de Martín es excesivo, porque ni la forma ni el tono fueron insidiosos ni mucho menos hirientes. Pablo Iglesias se ha mostrado públicamente a favor de la reinserción de etarras, lo cual es muy "loable", y Martín aprovechó, cuanto menos, el momento de la excarcelación de Santi Potros y Plazaloa para inquirir a Iglesias. Debido a ello, no entiendo muy bien dónde está el problema. ¿Qué se supone que deben hacer los presentadores con Iglesias? ¿Deben tratarlo con loas, salvas y ayes a Iglesias en lugar de sonsacarle con sacacorchos su ideología oculta con una máscara de falsa socialdemocracia? ¿No usó acaso Sergio Martín un tono incisivo similar al de Ana Pastor en su penúltima entrevista a Iglesias en El objetivo?

El problema viene cuando la opinión pública utiliza un doble rasero para medir las cosas. Sergio Martín, a quien tengo visto en varias ediciones de La noche de Televisión Española, utiliza un tono similar con el resto de los invitados, especialmente cuando son políticos. Carlos Floriano, vicesecretario del Partido Popular, puede dar fe de ello cuando Martín le preguntó repetida y abruptamente por los casos Gürtel, Púnica y Bárcenas. Entonces, ¿a qué viene esa campaña de acoso y derribo contra Martín? ¿Por qué Televisión Española debe tratar a Pablo Iglesias con deferencia si los dirigentes políticos deben someterse siempr al escrutinio de los ciudadanos y de los medios de comunicación, tal y como reconoce el Consejo de Informativos? ¿Por qué se descontextualiza un breve momento de la entrevista y no se recalca el mensaje económico que propuso Pablo en el ente público? Y ya que estamos, ¿por qué en TVE hay que prescindir de economistas liberales como Juan Ramón Rallo?  

Sergio Martín es un buen periodista que dirige con profesionalidad una tertulia política sin parangón en la televisión nacional. Un espacio televisivo plural, con comunicadores que abarcan todo el espectro político, y en donde la cordialidad y el respeto mutuo son señas de identidad. En el otro extremo, están los patios de instituto que abundan en Cuatro, La Sexta y 13 TV, donde los contertulios parecen macacos en celo a punto de precipitarse por el peñón de Gibraltar en un frenesí apocalíptico. ¿Pudo surgir una mala expresión en un mal momento en su entrevista con Pablo Iglesias? Quizás si o quizás no. El tono y la forma que unos pretenden ofensivo otros lo pueden considerar inocuo.

En cualquier caso, hay que entender que, al fin y a la postre, todos somos humanos y cometemos errores. Pero lo que no se puede hacer es juzgar la carrera de un periodista por una sola frase. Y en ningún caso Sergio Martín merece el linchamiento mediático que sufre desde determinados sectores que piden su dimisión. Antes de pedir cabezas rodantes y llamar al carpintero para montar un auto de fe y quemar brujas, vean ustedes la dinámica del programa varias noches, con entrevistados de diferentes partidos políticos, y saquen sus propias conclusiones. No les vendría mal pensar por su propia cuenta y dejar de seguir a la marabunta podemista.

lunes, 1 de diciembre de 2014

De Francisco Granados a Tania Sánchez

Francisco Granados era el número dos del Partido Popular en la Comunidad de Madrid. Solía pasearse por los platós de televisión hablando de cualquier tema, apoderado de una rabia visceral contra la corrupción, ora en el seno de su propio partido, ora en otras formaciones políticas. Agitaba con sorna su veintena de pulseras en la muñeca derecha y afirmaba que el que la hacía la tenía que pagar, y cosas por el estilo. Le preguntaban sobre el caso Bárcenas, sobre el clan Pujol, sobre Isabel Pantoja, sobre la ley de Hubble, y él contextualizaba, con una sempiterna sonrisa en los labios, diciendo lo que el público quería oir de un dirigente del PP. Que trabajaría enérgicamente contra la corrupción, que no había caja B en Génova, que todos al trullo o al paredón, que uy uy uy del que meta la mano en la caja, que voy y se la corto con un mandoble.

Un buen día un periódico desveló que Francisco Granados tenía una cuenta en Suiza. Patriota suizo aletargado, corrió vestido de guardia -suizo- a un plató de televisión y dijo que nones, que él no tenía nada que ocultar y empezó a sacar papeles. En un momento determinado, los lanzó todos al aire, gritó «¡confeti!», se subió a la mesa y bailó una polka. Pocos meses después, la Policía desveló el caso Púnica, arrestó a Granados y le cortaron el grifo suizo con un mandoblazo similar a los que él pregonaba. Ahora calza babuchas en una cárcel que años atrás inauguró. Como diría Esperanza Aguirre: «Me la han metido doblá».

En otro orden de cosas, Tania Sánchez es diputada por Izquierda Unida en la Comunidad de Madrid. Es conocida por ser tertuliana de debates televisivos de Telecinco y La Sexta, en los que atiza con una fusta a la casta capitalista y neoliberal, a quien acusa de estar corrompida desde sus cimientos. Es conocida su acalorada contrapasión por Eduardo Inda, periodista de El Mundo con porte de torero y tripolar de maneras firmes, con quien se exalta de tal modo que hasta el público del plató se mea en las bragas del miedo. Miedo everywhere.

Pero cuando un desconocido a los ojos del espectador precona limpieza democrática, siempre hay gente que revisita currículos y se destapa el pasado. Tania entró como asesora municipal de IU en Rivas de la mano de su padre, Raul Sánchez, quien vaga por el Ayuntamiento desde 1999. Entended que la limitación de mandatos se adscribe al PP-PSOE, no a la izquierda. Y siendo su padre concejal de Deportes y ella coordinadora, en abril de 2008, firmó un contrato con una empresa que contaba con un técnico de la misma concejalía como apoderado de esa misma empresa. Varios meses después, adjudicó otro contrato a una sociedad participada por su hermano. Adjudicaciones de contratos a la famiglia que ni siquiera han sentado bien en el seno de Izquierda Unida.

Meses después, mientras Francisco Granados gasta sus huesos en prisión, Tania Sánchez ha sido aupada como candidata de IU por la Comunidad de Madrid. Pero, ¿qué hubiera pasado si Tania fuese del Partido Popular y Paquito de Izquierda Unida? ¿Sería Francisco Granados aupado al number one de Madrid con dos cuenta en Suiza o saldría en masa la marabunta, dibujando columnas romanas, por las calles castizas? ¿Se discutiría la honorabilidad de Sor Tania por adjudicar contratos a la Famiglia? ¿Cuál sería el papel de los medios de comunicación en ambas situaciones? Establezcan ustedes comparativos, que haberlos haylos, querido Sancho.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Fonoteca: The Endless River


No sé a qué viene tanto revuelo ni tanta crítica mordaz. The Endless River, el nuevo disco de Pink Floyd, es tal y como lo publicitó David Gilmour en su momento: el canto de cisne de Richard Wright. Un verdadero deleite para los que creíamos que Pink Floyd podía ser más que el salvaje egocentrismo de Roger Waters, a quien, cierto es, debemos también obras maestras de la música como The Wall y Animals. Vale que Pink Floyd tuvo su etapa de gloria con Roger Waters. Pero su creciente ímpetu en el control artístico, que culminó con The Final Cut, no hace que el grupo al completo pase por el filtro de Waters. Su partida a mediados de la década de 1980 convirtió al grupo en un trío, suficiente para obrar dos gemas musicales como A Momentary Lapse of Reason y The Division Bell, donde Gilmour se desenvolvió extremadamente bien como líder del grupo.

Mentiría si dijese que mis discos favoritos son los de la etapa de Roger Waters. Seré extremadamente raro, pero prefiero escuchar The Division Bell a The Wall o a Wish You Were Here. Quizás porque ambos estén muy escuchados y uno siempre encuentra momentos ocultos de gran deleite en obras menores. En cualquier caso, también he de confesar que, si hay que establecer dicotomías en el seno del grupo, soy más seguidor de David Gilmour que de Roger Waters. Y ese porqué está en The Endless River, que demuestra quién fue el verdadero talento de Pink Floyd: Richard Wright.

The Endless River no solo suena a punto y final a uno de los mejores grupos del siglo XX, sino a un homenaje sincero a Wright, cuyo teclado luce por enésima vez como componente principal de la música de Pink Floyd. Escuchar la progresión de temas de The Endless River es un verdadero disfrute, un deleite para los oídos, con temas como «Autumn '68» donde Wright es sinónimo definitivo de Pink Floyd. ¿De verdad un oyente de Pink Floyd, después de escuchar este álbum, echa de menos a Waters? ¿Y de verdad es necesario poner el grito en el cielo porque The Endless River sea un disco instrumental, a excepción de su último tema, «Louder Than Words»? Nunca sobraron más las palabras en un disco como en este canto de cisne, y nunca se complementó mejor la guitarra de Gilmour con los teclados de Wright desde los tiempos de Wish You Were Here y Animals, de quienes hay reminiscencias más que claras en temas como «Allons-Y (1)» y «Allons-Y (2)».

El nuevo trabajo de Gilmour y Mason, usando las cintas sobrantes de The Division Bell, es posiblemente el mejor trabajo que Pink Floyd ha facturado desde The Wall. Supera con creces a su predecesor y aporta frescura al catálogo musical del grupo, estableciendo un nexo con aquellos épicos trabajos psicodélicos de comienzos de la década de 1960 como Ummagumma y Atom Heart Mother. Los críticos pueden decir misa: la sorpresa de encontrarse con un nuevo disco de Pink Floyd ha sido extremadamente positiva, y la musicalidad del álbum en su conjunto, que ralla la perfección, gana con sucesivas escuchas, a medida que uno presta más atención a la aportación póstuma de Wright, deseando que no hubiese un solo The Endless River, sino varios más, para seguir disfrutando del genio de Wright, Mason y Gilmour. Por mí, Roger Waters puede irse a freir puñetas mientras siga habiendo grabaciones de Richard Wright en un cajón. Porque The Endless River es de una belleza tan entrañable que sitúa al trabajo de Gilmour, Mason y Wright como uno de los mejores trabajos discográficos de 2014.

martes, 25 de noviembre de 2014

El deshonroso arte de corromper


La corrupción sigue cabalgando a sus anchas por lo largo y ancho de España. A las tarjetas black de Caja Madrid y el caso Púnica le sigue la operación Madeja, que estudia mordidas en la adjudicación de obras públicas en zonas como Sevilla, Extremadura, Madrid, Comunidad Valenciana, Aragón, Cataluña y Canarias. Casi ná. El número de implicados en casos de corrupción sigue subiendo como un suflé que no tiene intención de desinflar, y mientras tanto, la cúpula mira con ojos extrañados, medio bizcos, como intentando discernir un alfiler en medio del granero. «Son casos puntuales», asegura Mariano Rajoy, o «ya hemos hecho lo que teníamos que hacer», dice María Dolores de Cospedal. Y todos contentos, felices, sonrientes. Ya hemos hecho nuestro trabajo. ¿Quién pone en duda que Rajoy metió a Luis Bárcenas en la cárcel, o que Cospedal le enseñó su placa del FBI a Francisco Granados y lo esposó con una dureza más propia de Catherine Willows, agente de la serie CSI Las Vegas? Esas son las «contundentes» afirmaciones que emanan de la boca de los principales responsables por omisión de la existencia de casos de corrupción.

Porque, ¿quién sino el Partido Popular, con una mayoría absoluta aplastante en el Congreso de los Diputados, puede poner coto a la corrupción sistémica que inunda nuestro país? ¿Quién sino Mariano Rajoy puede y debe hacer las reformas necesarias e inmediatas para frenar el descrédito de una clase política que parece no entender o no querer escuchar las plegarias de los ciudadanos? ¿Quién sino el Partido Popular debe atender las peticiones de otros grupos parlamentarios, sea Izquierda Unida o UPyD, para frenar en seco la corrupción? Incluso en el seno del PP, dirigentes como Esperanza Aguirre han redactado unos puntos básicos para poner freno a la corruptela política que, día tras día, inunda como una plaga faraónica los medios de comunicación.

Reformas que reduzcan el tiempo de instrucción de causas judiciales abiertas por corrupción, el cambio de la Ley Electoral para que los partidos políticos se rigan por listas abiertas, una reforma del Tribunal de Cuentas, la obligatoriedad de presentar las cuentas de los partidos políticos en el Congreso, la supresión definitiva de subvenciones a partidos políticos, patronal y sindicatos, un cambio en la Ley de Contratos del Estado y el aumento de las penas de cárcel para defraudadores o ladrones de cuello blanco son unas pocas medidas básicas que el Ejecutivo debe hacer de inmediato para atajar la corrupción política. Tanto que gusta de ejercer el poder por Real Decreto, ahí tienen una batería de puntos elementales a desarrollar y ejecutar para blindar el Estado de Derecho contra los corruptos, contra todo bellaco que guste de sisar el dinero del contribuyente. Es lo menos que puede hacer Mariano Rajoy, ese Presidente de paja acostumbrado a ver pasar el tiempo sentado en su diván, si quiere salvaguardar los intereses de los ciudadanos españoles ante la herida abierta en el seno del sistema político español. Porque los problemas no se solucionan solos y deben de ser frenados desde las altas instituciones del Estado con voluntad política. De lo contrario, la herida abierta acabará por gangrenar y cercenar todos los miembros del Régimen, estén sanos o corrompidos. Y si no tienen voluntad de afrontar los cambios que demanda la sociedad, que se vayan y dejen paso a otros.

lunes, 24 de noviembre de 2014

Pablo Iglesias vs. Mediaset

Parece que Pablo Iglesias, después de ser encumbrado a la secretaría general de un partido tras su paseo por las televisiones de todo el país, le está cogiendo cierta tirria a los platós. Su primer plantón tuvo lugar el sábado noche en el programa Un tiempo nuevo de Telecinco, al que, 48 horas antes de ser emitido, declinó la invitación que le ofrecieron. La dirección de Podemos intentó primero pactar una sola pregunta a través de un monitor de plasma, y luego que en lugar de Pablo, acudiesen al programa cinco miembros de Podemos. ¿Os suena a algo la pantalla de plasma? ¿Os imagináis que Mariano Rajoy, en caso de aparecer en un programa de televisión, obligase a la cadena a que le rodeasen cuan escuderos Soraya Sáenz de Santamaría y Cristobal Montoro? 

Pocos meses han pasado desde la génesis de Podemos para que Pablo y sus acólitos cojan los vicios de lo que ellos denominan casta política. Esa misma casta que critican desde otros platós, desde otras cadenas, y que nos tenía acostumbrados a pactar preguntas -igual que Pablo- o a enchufar periodistas acólitos en el plató -igual que Pablo-. Y es que, aunque parecía un titán invencible, Pablo también deambula por entresijos que le llevan a cometer errores garrafales. El segundo, después de la entrevista con Ana Pastor en El objetivo de La Sexta, tuvo lugar con su «boicot» a Un tiempo nuevo, intentando coaccionar al programa para que se ajustase a las exigencias del nuevo sultán. «O hacéis lo que nosotros os digamos o no vamos», podría haber sido la conversación entre Mediaset y el representante de Podemos.

Y es que, cuando uno critica con intransigencia mordaz a la casta política, cuando deambula por los platós de televisión denostando a todos los políticos por igual, metiendo en el mismo saco a corruptos y a inocentes, cuando lanza protoideas de un programa venidero donde habla de someter las televisiones privadas a las cuitas personales de Papá Estado, personajes como Pablo se someten a la lupa del ciudadano, del telespectador, con un énfasis igual o incluso superior al del resto de políticos. Porque si está llamado a gobernar, tendrá que decir cómo piensa hacerlo. Si despierta una ilusión dormida en la juventud abstencionista, tiene que decir cómo no va a defraudarles, porque la sociedad no se alimenta de tweets de 140 caracteres. Pero lo que no puede hacer, de ninguna forma, es coger los vicios de la casta política de antemano, sin haber pisado todavía un despacho, y no dar explicaciones no solo de su futuro programa, sino de los problemas que ya atañen a su partido, cuando es invitado a un programa de televisión y pretende imponer sus condiciones a lo Belén Esteban. Algo que, por cierto, deja entrever cuál sería su relación con los medios de comunicación si llegase a tocar poder. Una relación de autoritarismo voraz que acabaría con la iniciativa privada y la pluralidad de los medios de comunicación.

A modo de post scriptum, quisiera que hicieran un ejercicio mental para conocer vuestra pureza mental. Imaginaos que, en lugar de a Pablo Iglesias, Mediaset invitase a su plató a Mariano Rajoy. Y que Mariano marease la perdiz al programa durante dos semanas. Y que Mariano, cuarenta y ocho horas antes del programa, rechazase la invitación porque quería pactar una única pregunta a través de un plasma. Y que después de que Mediaset se negase, el Partido Popular propusiese que fuera no solo Mariano, sino también Soraya, Montoro, Margallo y Mato. Y que, ante la negativa de Mediaset, por suponer una imposición a la editorial del grupo mediático, el Partido Popular escribiese en Twitter: «No les funcionó el miedo, tampoco lo harán sus difamaciones. Juntos, vamos a cambiar este país». ¿Os imagináis los calificativos que penderían del cuello de Rajoy a modo de cuentas de rosario? ¿Os imagináis la mordaz crítica sobre el PP, a quien tildarían de someter los medios de comunicación a su antojo, de no tener valor a responder las libres preguntas de un periodista? Pues bien, la diferencia es que si sustituís Mariano Rajoy y Partido Popular por Pablo Iglesias y Podemos, el párrafo se convierte en la sucesión de hechos que tuvo lugar durante la semana anterior. Tras lo cual me formulo una simple pregunta: ¿Por qué la gente aplica un rasero distinto dependiendo de sobre quién estemos hablando?