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lunes, 11 de enero de 2016

Adiós, Bowie


Se nos ha ido David Bowie. De verdad que no se lo vamos a perdonar. Nos da igual la ley de vida: sin él, el mundo brilla menos y tiene menos luz. No está bien eso de largarse con Joe Cocker, Lemmy Kilmister o BB King y dejarnos aquí a Justin Bieber, Kanye West y a toda la chusma incapaz de reemplazar a los genios de antaño. 

De verdad, no te lo perdonamos, Bowie. Nos haces una putada muy gorda y no nos conformamos con tu despedida en 'Blackstar'. Pero parece que así es la vida y tenemos que resignarnos a perderte, a saber que ya no volverás a deambular por las calles de Nueva York y a tener que escuchar la obra que dejas detrás, sabiendo que no habrá nada nuevo en el horizonte. En cualquier caso, algunos te vamos a echar mucho en falta. Adiós, Bowie.

domingo, 15 de febrero de 2015

Fonoteca: Shadows in the Night


Cuando leí que Bob Dylan iba a hacer un disco de versiones de Frank Sinatra, me eché a reír a mandíbula batiente. «Otra vez el tío Bob haciendo de las suyas», pensé. En aquel momento me imaginé un resultado hilarante capaz de dejar confundido a sus más acérrimos seguidores. Pero al mismo tiempo que me llevaba las manos a la cabeza, pensé: "Un momento. Es Dylan. Tiene un as debajo de la manga". Y es que es menester hacer un repaso a su dilatada trayectoria musical para saber que, cuando creemos que Bob va a seguir un camino recto, siempre toma la primera circunvalación. Lo hizo después de la trilogía entre Bringing It All Back Home y Blonde on Blonde, volviendo al agreste folk en John Wesley Harding. Y cuando pensaban que retomaba al redil del folk, salió con Nashville Skyline, su dúo con Johnny Cash y sus escarceos por el country. Y a posteriori, cuando le tiraban del brazo para que se subiera al atril del happy flower y de Woodstock, sacó Self Portrait. Y en los setenta, del magmánimo Blood on the Tracks y las lágrimas por el fin de su relación con Sara pasó al circo rodante y a Desire.

Con semejantes regates que desmarcan al personal, ¿quién no iba a creer que, después de convertirse en un historiador de la música norteamericana, apropiándose del R&B, del blues y del rockabilly en Love and Theft, en Modern Times y de bajar a la frontera entre California y México con Together Through Life, nos iba a deleitar con otra jugarreta? Shadows in the Night es precisamente lo que nadie espera de un músico con más de cincuenta años de trayectoria musical a la espalda. Un disco de versiones de La Voz, ni más ni menos. De SINATRA. Así, en mayúsculas. Porque la figura de Sinatra, a cien años de su nacimiento, ha tenido tiempo para trascender lo musical e incluso lo cultural para convertirse en una institución per se.

Para cualquier músico con una larga reputación, hacer un Shadows in the Night puede ser un movimiento en falso, capaz de hundirle en el fango y la miseria a apenas tres años de una jubilación de oro. Pero detrás de las versiones, Dylan ejerce un striptease musical que adapta temas como «I'm a Fool to Want You» y «Stay with Me» a su propia lógica, con un inmenso respeto por los originales y siempre ubicando las canciones en su propio espacio. Y lo hace sin la necedad de otros artistas por «imitar» la canción original: al contrario, tal y como dijo el propio Dylan, se encargó de desenterrar las canciones y hacerlas suyas, sin la más mínima gana de competir con Frank Sinatra. Quizás porque, todo sea dicho, nadie puede competir con Sinatra.

En Shadows in the Night, Bob Dylan brilla por hacer lo que otros músicos advenedizos no tienen bemoles para hacer. Arriesgarse a derrapar en una carretera helada, llevando consigo el equipaje de toda una vida. Y sin embargo, el movimiento de Bob se trastoca en una figura maestra que homenajea tanto a Frank Sinatra, con una humildad vehemente, como al cancionero tradicional de las décadas anteriores al rock and roll, a Elvis Presley, Bill Haley o Fats Domino. Un servidor no tenía puestas muchas esperanzas en Shadows in thhe Night, y quizás sea por eso por lo que el álbum lleva varias semanas rotando en el plato del tocadiscos mientras miro los surcos del disco .Al fin y a la postre, Dylan sigue siendo capaz de sorprender con 73 años del mismo modo que sorprendía con veintipocos. (9/10)

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Fonoteca: The Endless River


No sé a qué viene tanto revuelo ni tanta crítica mordaz. The Endless River, el nuevo disco de Pink Floyd, es tal y como lo publicitó David Gilmour en su momento: el canto de cisne de Richard Wright. Un verdadero deleite para los que creíamos que Pink Floyd podía ser más que el salvaje egocentrismo de Roger Waters, a quien, cierto es, debemos también obras maestras de la música como The Wall y Animals. Vale que Pink Floyd tuvo su etapa de gloria con Roger Waters. Pero su creciente ímpetu en el control artístico, que culminó con The Final Cut, no hace que el grupo al completo pase por el filtro de Waters. Su partida a mediados de la década de 1980 convirtió al grupo en un trío, suficiente para obrar dos gemas musicales como A Momentary Lapse of Reason y The Division Bell, donde Gilmour se desenvolvió extremadamente bien como líder del grupo.

Mentiría si dijese que mis discos favoritos son los de la etapa de Roger Waters. Seré extremadamente raro, pero prefiero escuchar The Division Bell a The Wall o a Wish You Were Here. Quizás porque ambos estén muy escuchados y uno siempre encuentra momentos ocultos de gran deleite en obras menores. En cualquier caso, también he de confesar que, si hay que establecer dicotomías en el seno del grupo, soy más seguidor de David Gilmour que de Roger Waters. Y ese porqué está en The Endless River, que demuestra quién fue el verdadero talento de Pink Floyd: Richard Wright.

The Endless River no solo suena a punto y final a uno de los mejores grupos del siglo XX, sino a un homenaje sincero a Wright, cuyo teclado luce por enésima vez como componente principal de la música de Pink Floyd. Escuchar la progresión de temas de The Endless River es un verdadero disfrute, un deleite para los oídos, con temas como «Autumn '68» donde Wright es sinónimo definitivo de Pink Floyd. ¿De verdad un oyente de Pink Floyd, después de escuchar este álbum, echa de menos a Waters? ¿Y de verdad es necesario poner el grito en el cielo porque The Endless River sea un disco instrumental, a excepción de su último tema, «Louder Than Words»? Nunca sobraron más las palabras en un disco como en este canto de cisne, y nunca se complementó mejor la guitarra de Gilmour con los teclados de Wright desde los tiempos de Wish You Were Here y Animals, de quienes hay reminiscencias más que claras en temas como «Allons-Y (1)» y «Allons-Y (2)».

El nuevo trabajo de Gilmour y Mason, usando las cintas sobrantes de The Division Bell, es posiblemente el mejor trabajo que Pink Floyd ha facturado desde The Wall. Supera con creces a su predecesor y aporta frescura al catálogo musical del grupo, estableciendo un nexo con aquellos épicos trabajos psicodélicos de comienzos de la década de 1960 como Ummagumma y Atom Heart Mother. Los críticos pueden decir misa: la sorpresa de encontrarse con un nuevo disco de Pink Floyd ha sido extremadamente positiva, y la musicalidad del álbum en su conjunto, que ralla la perfección, gana con sucesivas escuchas, a medida que uno presta más atención a la aportación póstuma de Wright, deseando que no hubiese un solo The Endless River, sino varios más, para seguir disfrutando del genio de Wright, Mason y Gilmour. Por mí, Roger Waters puede irse a freir puñetas mientras siga habiendo grabaciones de Richard Wright en un cajón. Porque The Endless River es de una belleza tan entrañable que sitúa al trabajo de Gilmour, Mason y Wright como uno de los mejores trabajos discográficos de 2014.

domingo, 2 de noviembre de 2014

Fonoteca: Dímelo en la calle


Risto Mejide se equivoca. En su entrevista a Joaquín Sabina, el maestro de Úbeda se dejó pisar por el descomunal ego de Mejide, que se alzó en árbitro espontáneo de su trabajo musical. Durante la charla, medio recostado en un sofá, Mejide preguntó al músico si el nuevo disco sería de la talla de 19 días y 500 noches o como los siguientes. Sabina rió y le dio la razón, pero yo se la quito. Dejando de lado Alivio de luto y Vinagre y rosas, en una larga década de sobresaltos, depresiones y reapariciones, Sabina también parió una obra maestra a la altura de Dímelo en la calle. Quizás Risto sea demasiado mainstream y se dedique a decir lo habitual en su tribu urbana: citar el disco más vendido del músico en cuestión y hacer creer que conoce el tema. O quizás sea la subjetividad del sujeto, que gusta más de escuchar «19 días y 500 noches» o «Cerrado por derribo», como si no estuvieran demasiado escuchadas, y menoscabar el trabajo anterior y siguiente. Sin embargo, me decanto más por la primera opción, porque es conocido que en Risto pesa más el personaje que su inteligencia.

Dímelo en la calle, relegado por Mejide a la papelera de reciclaje, es un trabajo a tener en cuenta en una revisión biográfica de Sabina. A nivel musical iguala a 19 días y 500 noches, y a nivel creativo lo supera con creces. Solo el hecho de incluír «La canción más hermosa del mundo» y «Peces de ciudad», dos de sus mejores composiciones desde tiempos inmemoriales, lo convierten en una escucha obligatoria para sabineros y gente que navega por primera vez las aguas de su discografía. Y aunque adolece de momentos de escasa lucidez y de autocomplaciencia, se disfruta más que 19 días en sus momentos más jocosos con «El café de Nicanor» e incluso con «Semos diferentes», su aportación a la saga de Torrente, o en momentos más rockeros como «Vámonos p'al sur» y «Lágrimas de plástico azul».

En cualquier caso, cuando una canción o un disco como 19 días y 500 noches es repetido ad nauseam por la mass media como la obra cumbre de un músico, tal y como hizo Risto, siempre es preferible rebuscar en los cuadernos del artista para ver con mejor perspectiva. Porque al final se suele encontrar algo mejor, una canción desconocida que merece la pena y que escuchas una y otra vez, preguntándote por qué diantres no la habías encontrado antes. Para ello, uno puede irse a Enemigos íntimos, su disco con Fito Páez, o a los primeros y ambiguos años de voz de destilería. Un servidor se queda con Dímelo en la calle, un trabajo con el que Sabina parecía desprenderse de la larga sombra de 19 días y de una etapa de claroscuros que no se dislumbran en lo musical. Un disco que merece al menos una escucha atenta y displicente, porque Sabina no empieza ni acaba con 19 días y 500 noches. Que Risto se quede con él, que uno lo tiene demasiado escuchado y le resulta muy cansino.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Fonoteca: New


Paul McCartney
New
Hear Music/Concord Music Group
9/10

Costó mucho tiempo, casi cuatro décadas, pero Paul McCartney lo ha conseguido. Ha producido un disco redondo, no en su aspecto físico, sino en la perfección de su conjunto, con New, su primer disco de rock con material inédito en seis años, desde el lanzamiento de Memory Almost Full. A pesar de su edad, de compaginar su vida en la carretera con la privada y de inmiscuirse en campos musicales menos interesantes para la plebe -ese Ocean's Kingdom para la compañía de ballet de Nueva York podemos calificarlo como música de ascensor- con los que alarga el entretiempo de sus apariciones estelares, McCartney ha sido capaz de renovar, por fin, su música y adaptarla al nuevo siglo sin perder un ápice del dominio que tenía en las décadas de 1960 y 1970. Y es que New es precisamente una amalgama óptima, perfecta y nítida de cuatro décadas de música a través de una vida plagada de múltiples aciertos y pocos errores. Desde el momento en que escuché "New", su homónimo primer sencillo, supe que McCartney había superado con creces su propio listón. Que había aprendido de la amargura de trabajar a golpe de látigo con Nigel Godrich en Chaos and Creation in the Backyard, quizás otro de sus mejores trabajos de la década, y abandonar el estado de semiletargo que tiene en todos sus discos. Y que se había apretado el cinturón para aparecer ante su público como lo que realmente es: uno de los mejores compositores de la música contemporánea, junto a Brian Wilson.

Y es que, como fiel seguidor del músico, uno conoce su carrera musical a pies juntillas y puede establecer paralelismos con toda su obra pasada. Podría entrar en el juego de los ránkings y poner a New en el primer puesto de su discografía, pero cada disco, bueno o malo, merece su estudio aparte y tampoco quiero resultar melodramático. Para mí, es cierto, New solo puede compararse a Ram; ni siquiera a Band on the Run, porque a pesar de su éxito bajo las alas de Wings, la autocomplacencia de su trabajo al amparo de su mujer Linda y de Denny Laine es un fuerte contrapunto a los pros de su música. Sin embargo, New no solo demuestra que su capacidad compositiva sigue intacta, sino que es capaz de hacer disfrutar al público con nuevas canciones. Que Paul McCartney no es sinónimo de The Beatles, de "Hey Jude", de "Michelle" o de "Let It Be", y que una vida no se puede resumir en ocho años al amparo de un grupo que dio mucho a la música, pero que tampoco se puede endiosar. Crecer a su sombra es agridulce para McCartney, pero ha sabido lidiar con fuerzas superiores, disfrutar de su legado y ampliar sus horizontes: no solo hacia la música clásica -recomiendo Ecce Cor Meum- sino también hacia la electrónica -con The Fireman- y en su propia y habitual salsa, el pop.

New, a diferencia de otros trabajos, es escuchable de principio a fin. Desde "Save Us" a "Road", McCartney renueva su propio contenido y fusiona todos los elementos que le han influido a lo largo de su vida. Con un breve rato para la nostalgia en "Early Days", transita hacia la música experimental en "Appreciate" y "Alligator", sendos ejemplos básicos de la importancia que tiene la experimentación en McCartney. Algunos se equivocan en tachar a Paul del dulzón dentro de los Beatles, frente a un Lennon entrado en carnes en el terreno experimental por hacer discos como Two Virgins. Si eso es experimental, que baje Dios y lo vea. Y una muestra inequívoca de esa falta de razón se encuentra en New, donde también pululan temas acústicos más mainstream como "On My Way to Work" o "Hosannah". Todos ellos pasados por el filtro de cuatro productores, desde Giles Martin hasta Paul Epworth, que rejuvenecen a un McCartney de setenta años pero que aun emana un espíritu joven que ya quisiéramos muchos para su edad. 

Para mí, encontrarme con trabajos como Tempest de Bob Dylan, Old Ideas de Leonard Cohen y New de Paul McCartney tiene el aliciente de la edad del obrador. Que una persona septuagenaria siga buscando nuevos horizontes musicales, disfrutando del trabajo y dando lecciones a generaciones más jóvenes, es un mérito que ya de por sí merece quitarse el sombrero. Y si además el trabajo es acertado y supone añadir un listón más a una carrera de vértigo que puede ser la envidia de la juventud, es para hacer una reverencia. McCartney, con New, lo merece, porque ha sido capaz de quitarse los fantasmas del pasado, disfrutar del momento y entregarnos una obra que, tarde o temprano, figurará entre los mejores discos de su muy dilatada obra musical.