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miércoles, 14 de septiembre de 2016

El extraño colegueo entre Partido Popular y Podemos

Parece mentira, pero sigue el colegueo entre el Partido Popular y Podemos. La banda de la cachiporra, liderada por el Macho Alfa que es Pablo Iglesias, aquella que iba a barrer a la Casta asaltando los cielos en beneficio de La Gente, ha suavizado su discurso en su camino por el desierto y ya no vocifera como antaño, cuando Pablo rapeaba sus discursos echando bilis por la boca mientras el coro de la manada entraba en trance y coreaban su habitual “sí se puede”, que debe ser el equivalente al rebaño de ovejas de Rebelión en la Granja cuando balaban aquello de “cuatro patas sí, dos patas no”. De hecho, Pablo se ha especializado en el susurro y en el comadreo con el clan de Mariano Rajoy, dejando entrever esa connivencia entre ambas formaciones como buena relación de simbiosis en beneficio propio y mutuo. 

Ese comadreo se dejó entrever en la sesión de investidura de Mariano Rajoy, cuando, entre sonrisas e hilos de voz suplicantes, Iglesias le decía que era “estupendo”, que tenía un “gran sentido del humor” y que era un “parlamentario con retranca”, a lo cual Rajoy replicaba con su habitual sorna que Iglesias también es “estupendo” y que “a veces me gustaría ser como usted” (sic). Todo eso apenas medio año después de que Iglesias, en su tono de gato arisco, pusiera a Pedro Sánchez a caer de un burro, gritándole su otrora habitual discurso de rapero antisistema, recordándole los tiempos del GAL y votando junto al PP en contra de la investidura de un Presidente socialista. El mismo que, con toda su cara de cemento armado, le pide a Sánchez un paso adelante para presentarse a otra investidura y hacer un “Gobierno del cambio.

Aquel día solo faltaron las carantoñas y los arrumacos ante la perpleja mirada del resto del Parlamento. Pero el comadreo no quedó solo ahí, sino que volvió a surgir este martes en la Comisión de Economía con la intervención de Luis de Guindos. En lugar de rapear su habitual ripio contra la “casta”, Pablo volvió a dedicar a De Guindos una tierna voz de súplica y colegueo, recordándole con retranca sus tiempos de oposiciones y provocándole la risa, sudoroso y complacido, después de que el Ministro se chuleara ante el resto de representantes del arco parlamentario y siguiera mintiendo por doquier sobre el nombramiento de José Manuel Soria como directivo del Banco Mundial.

Resulta extraño ver la tranquilidad que anida últimamente en Pablo Iglesias. No hace ni dos años pululaba por los platós de televisión enseñando los dientes como Isabel Pantoja en sus tiempos con Julián Muñoz y rapeando sus discursos de La Tuerka bajo la influencia de su puño izquierdo y del parné de Hugo Chávez. Y sin embargo, en su trigésimo cambio de estrategia política, prefiere coleguear con Mariano Rajoy y con Luis de Guindos para sonsacarles una sonrisita, como quien le hace carantoñas a un bebé para que expulse los gases, llamándolo “estupendo” y “parlamentario con retranca”. Cualquiera diría, viendo las ironías que se gastan Pablo y Mariano entre ellos y viendo cómo solo endurecen su lenguaje cuando se trata de mentar a Pedro Sánchez y a Albert Rivera, que están en su salsa y que prefieren coexistir en un mar de tranquilidad a costa de que Partido Socialista y Ciudadanos se diluyan en unas nuevas elecciones, polarizando el voto y creando un nuevo bipartidismo. Porque, si no es cierto, al menos dan esa sensación.

martes, 6 de septiembre de 2016

Mariano, vete

Va siendo hora de que Mariano Rajoy dé un paso atrás. Que dé paso a una nueva generación de políticos capaces de enderezar el timón del Partido Popular sin estar rodeados por un halo de corrupción del que Mariano no sabe cómo desprenderse. Que los españoles no tenemos que estar sufriendo sus continuos envites, su manía por “perseverar”, como dijo ayer en la cumbre del G-20, su obcecación por seguir enquistando el panorama político nacional como si su continuo reto con Pedro Sánchez fuese un asunto personal. Tampoco es de recibo la perseverancia de Pedro Sánchez, dicho sea de paso, pero leñe, que ya van dos elecciones generales donde vale, que sí, Mariano, que ganaste las elecciones, pero no tienes una mayoría absoluta. Y tú, tan poco acostumbrado a negociar, después de cuatro años de rascarte el peritoneo sin hacer las reformas que España necesitaba, después de convertir al Partido Popular en un lodazal de corrupción, quitando de forma puntual algún jarrón chino moteado por hongos, no pareces entender la situación actual.

Detrás de Mariano está la historia de una década de Partido Popular inmersa en una realidad paralela, sin rumbo ni timón, sin otro proyecto político para España más que ir tirando hacia delante, ir sacando las castañas del fuego según el criterio suicida del BCE y sentarse a verlas venir. Sin afrontar la corruptela sistémica con reformas legales, sin defender la unidad de España con el Estado de Derecho en la mano frente a quienes quieren trocear la soberanía nacional, sin enfrentarse a la realidad de un Estado hipertrofiado que requiere una inmediata reforma estructural, comenzando por el sistema público de pensiones, continuamente achantado por el acomplejamiento del buenismo político y por la acritud personal de Rajoy al debate ideológico.

Algunos todavía tenemos muy presente en la memoria aquel contubernio de Valencia donde Mariano se proclamó prócer del Partido Popular y dijo que los conservadores se fueran al partido conservador y los liberales al partido liberal. Aquel día el PP quedó huérfano de ideología y emprendió un camino autócrata y personalista consistente en no contradecir al líder. Quienes lo hicieron, comenzando por María San Gil, fueron quedando por el camino. Y Mariano sigue ahí, una década después, como un gato que siempre cae de pie, convencido de que España le necesita, cuando España lo que necesita es la regeneración democrática que nos prometió hace cinco años y que no cumplió escudándose en el déficit público y en otras milongas. Y hoy, con los rupturistas de Podemos tocando a las puertas del poder, deseosos de trocear y arrancar la más preciada página de nuestra historia reciente que es la Transición, es la hora de coger el toro por los cuernos y afrontar la realidad. O emprender las reformas legales, fiscales, institucionales y administrativas para regenerar España respetando la Constitución, o vamos camino de la desintegración como Nación.

Eso Mariano no lo entiende. Nunca lo entendió. Nunca tuvo un proyecto de regeneración para España salvo el ir salvando los muebles a base de vender el ajuar. Y dada la situación, en su empeño por “perseverar” en sus errores, lo mejor es que Mariano se aparte una vez cumplida su función política, si es que alguna vez tuvo alguna. Que deje paso a otros liderazgos en el Partido Popular para una nueva etapa política basada en el entendimiento con otras fuerzas parlamentarias, empezando por Ciudadanos. Porque el problema radica en que ese entendimiento es imposible con quien un día suscribe un acuerdo de regeneración democrática y al día siguiente se cachondea del personal, nos toma por idiotas y nomina a José Manuel Soria como candidato al Banco Mundial escudándose en historias sobre el funcionariado. Así que, visto lo visto, Mariano, vete. Y llévate contigo a Pedro Sánchez.

jueves, 1 de septiembre de 2016

El no-no de Pedro Sánchez

Pedro Sánchez sigue enroscado en su no-no y no atiende a razones. En la sesión de investidura, a Albert Rivera solo le faltó ataviarse de luces de neón y mandar un S.O.S. por telégrafo. “Pedro, que tenemos mayoría parlamentaria para controlar a un Gobierno del Partido Popular en minoría”. Pero Pedro Nono sigue empecinado en sus trece y no escucha. El prócer de la Democracia parece querer a toda costa llegar a la Presidencia del Gobierno en lugar de dejar que Mariano Rajoy se coma sus palabras de aumento del gasto público cuando llegue Bruselas a decir lo mismo que Pedro: “No es no”.

Pero Mariano, al igual que Pedro Sánchez, también es feliz en sus trece. Mariano es feliz recibiendo piropos y besitos de Pablo Iglesias, que ha recargado durante las vacaciones la pila del amor que lleva en su coleta sudada y pretende revestirse no ya de socialdemócrata, sino de hippie internacionalista con tufo a naftalina y a Woodstock, que es un paso más en su metamorfosis kafkiana que solo se creen los gilipollas que pululan por España sin dar un palo al agua. “Pero qué gustirrinín verte en la tribuna, Mariano”, dice Pablo. “Uy, uy, Pablo, que me pongo verraco”, replica Mariano. “Espera, espera, que te azoto hasta sangrar”, contesta Pablo, que como buen macho alfa es mucho de escribir sobre cómo azotar a mujeres en sus Telegram.

Hay que ver la complicidad entre Mariano y Pablo, que ni se sonrojan cuando desvelan la existencia de lo que muchos pensamos: esa pinza entre Partido Popular y Podemos que tiene secuestrada nuestra Democracia desde el 20-D, que pretende obligarnos a elegir un nuevo bipartidismo que permita a Rajoy gobernar ad infinitum con el lema “o yo o el caos podemita”, y que hace que el Partido Popular sea el único partido sin una renovación profunda desde el albur de los tiempos. Que ya ni siquiera te pedimos el gran sacrificio de unas primarias en el Partido Popular, Mariano, sino que designes ad interim a una mujer trabajadora, honesta y con dos bemoles como, pogamos por ejemplo, Ana Pastor, y que no la relegues a un puesto de jarrón chino como la Presidencia del Congreso.

Pero eso a Rajoy le da igual. Él escucha a Pablo Iglesias acusar a Núñez Feijoo de ser amigo de un narcotraficante -fue a hablar el que cobra del narcorégimen de Diosdado Cabello- y se conchaba con Pablo para lanzarse besitos desde la tribuna. Él oye lo de renovación y le da un intríngulis al intestino. Lleva trece años –¡trece años!– como cabeza del Partido Popular, perdiendo elecciones en sus inicios frente a un tío tan nefasto como Rodríguez Zapatero hasta que, un buen día, la gente le votó por hastío, por simple cansancio de tener un Gobierno repleto de mentirosos compulsivos, y porque salvo UPyD, no había otra gran alternativa. Y ahí sigue, cautiva y desmantelada una alternativa liberal –o al menos socioliberal– desde el contubernio de Valencia, con un gran sector de votantes del PP metiendo su papeleta en la urna mientras se pinzan la nariz. “No soporto a Rajoy, pero los otros son aún peores”, se oye una y otra vez por los pasillos de los colegios electorales. Qué políticos más considerados, que nos obligan a votar entre lo malo y lo peor.

Por eso, y por otras tantas razones, Pedro Nono debería hacer caso de las luces de neón que emana Albert Rivera desde la tribuna de oradores y dar su brazo a torcer. Porque tampoco es que la solución sea muy buena, desde luego no lo es, pero es mejor que seguir mareando la perdiz al personal con elecciones un 25-D. Y porque al menos habría un Gobierno en minoría que puede ser controlado a nivel parlamentario por PSOE y Ciudadanos, obligando a Mariano a dialogar, a él que le da tanta pereza el diálogo, a enfrentarse a la realidad de la necesidad que tiene España de regenerar su sistema parlamentario y sus administraciones públicas, y arrinconando al lumpen chavista durante cuatro años en los que seguirá desinflándose gracias a la pésima gestión de ciudades como Madrid, Barcelona, Valencia y Cádiz. Gracias, Manuela. La cuestión, al final, está en si Rajoy muestra interés por arrinconar a Coleta Morada o por resucitarlo con un apasionado y romántico beso desde la tribuna de oradores.

jueves, 7 de abril de 2016

El día de la marmota

La política española se ha convertido en un pandemónium digno del libro Guinness. Cien días después del 20-D, las posiciones de cada partido político han cambiado poco, salvando el acuerdo entre PSOE y Ciudadanos, que más bien parece una delgada cuerda de nailon a punto de resquebrajarse. Y es que la política española sigue enquistada en la trinchera defensiva, en una especie de línea Maginot de la que nadie quiere salir a otear el horizonte, a mirar por el futuro de la sociedad española dejando de lado el habitual revanchismo político. Parece que aun no han entendido una de las declaraciones principales de los españoles que fueron a las urnas el 20-D: la necesidad de llegar a acuerdos entre las distintas formaciones del arco parlamentario, sin enquistarse en el discurso de precampaña, una vez rota la mayoría absoluta del Partido Popular.

El problema surge cuando el político español, independientemente de su color, está en una campaña electoral permanente. Rajoy sigue en sus trece de dejar que PSOE, Podemos y Ciudadanos se den de cuchilladas en el vientre; Sánchez sigue en sus trece de aislar a un Partido Popular necesario en cualquier acuerdo por tener mayoría en el Senado; y Podemos y Ciudadanos siguen en la tesitura de marcar distancias asemejando un nuevo bipartidismo idéntico al bipartidismo que criticaban antes del 20-D. Los unos, a pesar de perder millones de votos, y marcando alegría y salero con la petaca en el ligero, quieren ser Presidentes; los otros, la voz del «pueblo» oprimido que sufría hambre, recortes y miserias, ya no tienen la urgencia de realizar reformas y se piden Vicepresidencias y organismos de control radiofónico y de Inteligencia, pasando olímpicamente de Educación y Sanidad.

Todos siguen en sus trece, en unas trincheras ideológicas desde las que los líderes políticos no son capaces de alcanzar unos acuerdos básicos para el futuro de nuestro país, en una permanente campaña electoral donde la rueda de prensa, el postureo, las apariciones en televisión y los tuits resultan más importantes que los pactos políticos. Cien días después, y salvando el pacto entre PSOE y Ciudadanos que también se enmarca en un claro postureo mediático, los mensajes de Rajoy, Sánchez, Iglesias y Rivera siguen enquistados en el mismo punto de salida, mientras los españoles parecemos clones de Bill Murray encerrados en Punxsutawney en 'El día de la marmota'. 

La cuestión, al final, será saber cuánto tiempo más seguiremos inmersos en ese 'día de la marmota' con la parsimonia habitual del españolito de a pie, sin necesidad de rodear el Congreso de los Diputados y mandarlos a todos a freir espárragos de una vez. Porque si un político no es capaz de alcanzar unos acuerdos mínimos para la sostenibilidad de un país, lo mejor que puede hacer es irse a su casa y dejar de j*der la marrana. Algo sobre lo que deberían reflexionar los líderes de todos los partidos del arco parlamentario.

miércoles, 3 de febrero de 2016

El pandemónium español

Pedro Sánchez tiene la pelota de formar Gobierno sobre su tejado. Y en el intento por acelerar los trámites, Partido Popular y Podemos le piden quince días de penitencia antes de subir al patíbulo. Quince días en los que, es de suponer, los de Iglesias pondrán lo imposible encima de la mesa para que Sánchez sude la gota gorda antes de aceptar y rendir pleitesía a la formación morada.

De todos modos, quien piensa que la negociación se reduce al binomio Sánchez-Iglesias, con el apéndice de Alberto Garzón, está equivocado. En una de las hipótesis, Sánchez no solo necesita el beneplácito de Iglesias para ser Presidente de Gobierno, sino el voto a favor o la abstención de formaciones independentistas como Esquerra y la extinta Convergencia Democrática, con quienes la única negociación posible pasa por aceptar la autodeterminación de Cataluña, lo cual no es tema baladí porque supone la ruptura 'de facto' del orden constitucional actual. ¿Sería Sánchez capaz de convertir al PSOE en un partido capaz de romper los esquemas de la Transición con total de acceder a la poltrona?

Pedro Sánchez tiene un largo y tortuoso camino para ser Presidente de España, teniendo en cuenta que en su propio partido los barones afilan cuchillos y hacen nudos de soga. Podemos, como viene siendo habitual, sigue con su discurso pachanguero mientras mantiene la vista en unas futuras elecciones donde dé el 'sorpasso' al Partido Socialita y se convierta en oposición con opción de Gobierno. Al fin y a la postre, como dijo Íñigo Errejón: "Nuestra tarea es repetir a Lenin".

Ahora bien, siempre queda una opción viable: que Mariano Rajoy, como líder del Partido Popular, se haga el harakiri y se abstenga para favorecer una hipotética alianza entre PSOE y Ciudadanos, evitando la entrada de Podemos en un hipotético Gobierno. Es una de tantas hipótesis, pero beneficiaría un acuerdo con una fuerza constitucionalista como Ciudadanos en detrimento de otro acuerdo con una fuerza rupturista como Podemos. O lo que viene siendo permanecer en Guatemala en lugar de meterse en Guatepeor. Eso, teniendo presente que no sería necesario el chantaje de las formaciones independentistas en los acuerdos de Gobierno. ¿Sería el PP capaz de hacer semejante sacrificio, aun habiendo ganado las elecciones, en beneficio de ese acuerdo para alejar del Gobierno a Podemos y a los partidos independentistas? Dejamos la pregunta en el aire.

Pase lo que pase, el pandemónium está en marcha. Os diríamos que os sentéis con un bol de palomitas para disfrutar del espectáculo si no fuera porque en ello nos va nuestro futuro como sociedad y como Nación.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

El referéndum andaluz de Iglesias

 

Cuando un debate político es aburrido y tedioso, como lo fue el de Atresmedia el ‪#‎7D‬, lo normal es quedarnos con la murga de las anécdotas. Que si el Choperhaugen de Pablo Iglesias, el nerviosismo espídico de Albert Rivera, los zascas de Soraya Sáenz de Santamaría o el pasotismo de Pedro Sánchez. Pero entre anécdota y anécdota, queremos destacar la metedura de pata de Pablo Iglesias, líder emérito de Podemos, quien aseguró con su habitual arrogancia que Andalucía celebró en aquel famoso 28-F un referéndum independentista para quedarse en España. 

Cualquier persona con dos dedos de enfrente sabe que el 28 de febrero de 1980, Andalucía celebró un referéndum para iniciar el proceso autonómico por la vía del artículo 151 de la Constitución, cuyos casos particulares de Jaén y Almería son dignos de una película de José Luis López Vázquez. Pero también podríamos no saberlo, porque a fin y a la postre, no somos politólogos. Como diría George Eliot: "Bendito sea el hombre que no teniendo nada que decir, se abstiene de demostrárnoslo con sus palabras". Y no, no hemos atribuido mal la cita, como también suele hacer Pablo con Winston Churchill.

Sin embargo, Pablo Iglesias dice ser politólogo con un doctorado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense, y sí sería solícito que, como candidato a la Presidencia del Gobierno, tuviese el valor de callar y tragar saliva antes de bravar una soplapollez digna de libro. Porque vamos a tener que pensar que, si no tiene ni pajolera idea de la materia por la cual le han hecho doctor, menos sabrá de economía cuando promete una bajada de impuestos siendo el coste de su proyecto político de más de 200.000 millones de euros; de leyes, cuando dice que la Educación debe ser reconocida como derecho en la Constitución, algo que ya recoge el artículo 27; o de geopolítica, cuando habla de establecer un consejo de paz para frenar el avance del Daesh, como si unos psicópatas asesinos fuesen a claudicar a cambio de una bandeja de magdalenas de Manuela Carmena.

En definitiva, hay analistas que aseguran que Pablo Iglesias fue el ganador del debate de Atresmedia. También lo dicen varias encuestas virtuales que, oh casualidad, han sido avasalladas por bots de Twitter. Para nosotros, el debate no tuvo ningún ganador porque fue una discusión soporífera y desesperante, una tortura dialéctica peor que hacer una maratón en tacones. Mejor hubieran hecho emitiendo un documental de National Geographic para no tener que escuchar a un politólogo diciendo tamaña sarta de bagatelas y a otros tres políticos calentando las orejas al personal con lenguas viperinas.

lunes, 28 de septiembre de 2015

El día después del 27-S

Lo bueno de las elecciones es que siempre ganan todos. Pasa lo mismo con las ‪#‎eleccionescatalanas‬ del ‪#‎27S‬, donde Oriol Junqueras no dudó en salir a la palestra y decir que ‪#‎JuntspelSí‬ había ganado en escaños y votos. La realidad es distinta: un 47% de los votantes apoyaron a formaciones abiertamente independentistas (Junts pel Sí y CUP), mientras el 52% apoyaron a otros partidos, entre unionistas y partidarios de una tercera vía. Sí es cierta su victoria en escaños, aunque más bien sea una victoria amarga: si CiU y Esquerra sumaban 71 escaños hace tres años, ahora en coalición, desligada Unió y con la suma de ANC, Omnium y otras asociaciones, llegan a los 62. Tampoco es para tirar cohetes, aunque hay que reconocer que tampoco está tan mal. No obstante, ¿para qué tanta alforja en este viaje?

Quien sí puede presumir de resultados es Inés Arrimadas y Ciudadanos, que suben de 9 a 25. No está mal teniendo en cuenta el apagón informativo que sufre su formación en los medios de comunicación catalanes. Y quien tampoco puede echar cohetes es el Partido Popular, que baja considerablemente, y el PSC de Iceta, que «mantiene los muebles», expresión muy al uso en los diarios del día después, aunque descendiendo. Ambos sufren el auge de Ciudadanos como principal partido constitucionalista en Cataluña.

Al final, las #eleccionescatalanas no fueron más que otras elecciones autonómicas, a pesar de la cantinela independentista. Como plebiscito, Artur Mas lo perdió, dado que el independentismo no llegó al 50% de los votos. Y como elecciones autonómicas, puede darse con un canto en los dientes: la hemeroteca es amplia y todos sabemos que Convergéncia no es capaz de movilizar como lo hacía el clan Pujol, y que necesita a la izquierda marxista de Esquerra —tengo estos principios, pero si quiere tengo otros— para mantenerse viva.

En cualquier caso, debe mirarse con preocupación un dato: la división de una sociedad casi a la mitad en torno a un debate vacuo y falto de contenido. Básicamente porque, un día después del #27S, Junts pel Sí, ganadora de las elecciones y perdedora del psueoplebiscito, tiene la obligación de gobernar para los catalanes y de preocuparse por solucionar los problemas básicos de una sociedad: paro, sanidad, educación, pensiones, corrupción... Mientras esos problemas siguen congelados, como si los catalanes se alimentaran del aire y el dinero cayese de los árboles, Artur prefiere mantener el dislate separatista y enconar a una sociedad hacia polos cada vez más opuestos, al mismo tiempo que la arroja por un precipicio para salvar su propia reputación, manchada hasta las cejas con los casos de corupción que asolan Convergéncia.

Lo mejor de todo es que, dada la macedonia que conforma Junts pel Sí, entre progresistas, ecocomunistas, movimientos sociales y la derecha del rancio abolengo convergente, las puñaladas por la espalda no han hecho más que comenzar. Y a río revuelto, ganancia de pescadores. Con el paso de los días, veremos quién es el pescador y quién es el pez.

miércoles, 27 de mayo de 2015

El día después

Las elecciones autonómicas y municipales ya pasaron, y la euforia de algunos partidos, paralela a la tristeza de otros, se ha disipado mientras sus líderes se sientan a reflexionar los posibles pactos. Los españoles han elegido virar del azul al rojo el color del mapa político y se entiende. Al menos, en parte. No hace falta ser analista para saber que la sangría de diputados que sufre el Partido Popular en toda España se debe a la abstención de sus votantes, que no saben si acudir a las urnas con una pinza en la nariz o quedar tomando el vermouth del domingo viendo pasar a los radiantes votantes del PSOE y de Podemos-Somos-Ganemos y cía. Aun así, Mariano Rajoy debe estar feliz y seguro, porque ni se le ha visto ni se le espera, como viene siendo habitual.

El PSOE, que vuelve a ganar en Asturias y recupera Extremadura, puede cambiar el mapa político si pacta con Podemos en Comunidades como Castilla La Mancha, y con Compromís en Valencia. Todos los feudos populares han sido dinamitados en su mayoría a la mitad, obteniendo en general la mitad de diputados y ediles que hace cuatro años. Aun siendo la lista más votada, pierde alcaldías como Valencia, Madrid y Oviedo, entre otras muchas, y baluartes como Esperanza Aguirre, Rita Barberá y Carlos Fabra no son ni la mitad de lo que eran, superados por las marcas blancas de Podemos, que a día de hoy sigo sin entender por qué no se presenta con una única marca en todas las ciudades. 

Dentro de unos días, España va a ser una escabechina de pactos y de repartos de poder. Y Podemos, que está en contra de ese «reparto de poder» clásico, tan propio de la casta, será la llave para repartir las cartas de naipe. No les quedará otra que entenderse con la «casta socialista», de la que despotricaban en tertulias y mítines, y pactar con ellos. Manuela de Alcaldesa y Gabilondo en la Autonomía. Y así en esa media España donde la ciudadanía ha dado la espalda a un Partido Popular hundido en el más absoluto y miserable fango, gracias a la «loable» gestión de Mariano Rajoy, y no ha respaldado a la derecha con una mayoría suficiente para gobernar. 

Vendrán días de carcajadas a mandíbula batiente en los que nos deleitaremos con las excusas, los perdones, los vuesas mercedes y los apretones de mano y de mandíbula. Veremos a Pablo Iglesias cediendo poder al PSOE. A Podemos saltando de las tertulias y haciendo política, si es que saben. A Ada Colau presidiendo plenos en un Ayuntamiento. A Pedro cediendo alcaldías a Podemos. A Izquierda Unida en el sitio de siempre, intentando no morir en el intento. A UPyD desmembrada, con Rosa Díez corriendo en chanclas. A Ciudadanos sin saber si virar a la derecha o a la izquierda, sabiendo que tiene un electorado que lo mira con lupa. Y a un Partido Popular comatoso, sin programa ni ideología, una mera fachada en plena calle Génova donde Mariano Rajoy sigue actualizando sus datos macroeconómicos, sin ser consciente de la realidad, en su obtuso mundo. Serán días de risas y lágrimas, pero al menos sea lo que quiere la sociedad española. Alea iacta est.

jueves, 7 de mayo de 2015

¿Y qué opina Mariano?

Según el CIS, el Partido Popular de Mariano Rajoy conseguiría un 25,6% de los votos en las próximas elecciones generales. Toda una sorpresa, teniendo en cuenta la continua infamia que salpica a la cúpula del Partido Popular y a las autonomías con más peso y solera dentro de su organigrama: a saber, Valencia y Madrid. De aquellos casi once millones de votantes que depositaron su confianza en Rajoy a modo de enmienda a la totalidad del régimen zapateril, hoy apenas quedaría menos de la mitad de su electorado repitiendo la misma papeleta en las próximas urnas.

Pero a Mariano Rajoy nada parece alarmarle. Tampoco le disgusta perder la mayoría absoluta en varias autonomías, incluso en Castilla y León. Todo apunta a una atomización del voto, pero sigue aferrado al clavo ardiendo de los datos macroeconómicos para decirnos que todo está bien, que no saltemos por la ventana, que esperemos a que nos salgan alas y podamos echar a volar. Solo se pone nervioso cuando le nombran a Luis Garicano, asesor economico de Ciudadanos, y es entonces cuando pierde los papeles, grita y parpadea como escribiendo con el ojo un mensaje cifrado en clave morse. Quién pudiera verle así, gritando, efervescente como una aspirina, retomando su afición a la oratoria. 

Pero parece que no, que a Mariano todo le importa un higo. Que si Génova 13 está en llamas, le pongan la calefacción en su despacho, que tiene frío. «Soraya, por favor, sube el termostato, que se me congela la barba». No necesita ningún Congreso nacional para poner sobre el papel un programa consensuado. Su organización se rige por el caudillismo, el servilismo y la falta de autocrítica entre los barones y sus diputadas señorías. Tampoco requiere pisar la calle y conocer los entresijos de una sociedad española atomizada y radicalizada desde su ascenso al poder.

Suponemos que en el Partido Popular habrá ediles, concejales, afiliados y simpatizantes mordiendo las uñas y los puños a la vista de los sondeos, esperando que suenen mejores pífanos sobre la economía para repuntar. Pero el daño de la crisis persiste, y desde la calle Génova la realidad es una dimensión paralela a la ficción en la que viven a perpetuidad desde hace tres años. Y es que deducimos que a Mariano parece bastarle con ganar las elecciones generales, aunque eso le suponga arrastrar tras de sí la amarga sangría de cinco millones de votos, sin hacer un ápice de autocrítica y sin entender que el principal problema del PP, aparte la corrupción, es la ausencia de unos principios básicos del centro-derecha liberal y europeísta, los cuales Rajoy se encargó de violar desde el minuto cero de su mandato de la mano de Cristobal Montoro y adláteres.

Sin principios ideológicos, y con el auge de nuevas formaciones como Ciudadanos que pretenden ocupar el espacio centrista del espectro político, el PP tiene difícil una nueva mayoría. A lo sumo, tendrá una minoría absoluta con los peores resultados del partido desde los tiempos de Manuel Fraga. Y todo porque la continua improvisación y la carencia de ideas espantan a un electorado hastiado de ver rostros del PP como Rodrigo Rato declarando ante el juez. Eso, al menos, es lo que opinan numerosos votantes del partido, dispuestos a quedarse en casa en las próximas citas electorales. ¿Pero qué opina Mariano?

viernes, 17 de abril de 2015

Panem et circenses


 

Señoras y señores, ladies and gentleman, acércense a presenciar el circo mediático en torno a la detención de Rodrigo Rato. Diviértanse vuesas mercedes con la larga puesta en escena de corte hollywoodiense. Acércense y palpen la treinta de cámaras llamadas a filmar la detención de Don Rodrigo, antiguo Ministro de Economía y Vicepresidente del Gobierno de José María Aznar, director del FMI y Presidente de Bankia. O Ministro de Bankia, director de José María Aznar y Vicepresidente de Economía, no recuerdo.

Vislumbren el gran despliegue mediático llamado a colonizar una calle de los Madriles, Villa y Corte, antes de la llegada de la Policía. Vean sorprendidos, cariacontecidos, conmovidos, estupefactos, atónitos, patidifusos, turulatos y alelados cómo la Policía Nacional agacha la coronilla raspeada de Don Rodrigo para entrar en el coche, aun no estando esposado. Santa Bárbara bendita, madre de San Agustín, se nos persigna una señora. «¡Daos preso en nombre del Rey!», se oye decir en los intestinos del edificio. Poco después, un agente rumia a las afueras: «Disculpe usía, que soy un mandado y vive Dios que no me gusta mi trabajo». «No importa, señor agente, siempre y cuando me convide luego a una copita de orujo», dice Don Rodrigo, derrotado en su Guadalete, «pero ordenen prender a mis oponentes».

Vean, damiselas y gentileshombres, cómo se desplaza el coche hacia su despacho, apenas trescientos metros allende su casa, que equivalen a novecientos pies castellanos y a trescientas cincuenta y nueve varas de las de Alicante. Luego hablan del cambio climático en vez de afinar los glúteos con un paseo vespertino. Y vislumbren el chusco comentario de la plebe llamando a colgar de la soga a Don Rodrigo, ladrón locuaz de guante blanco y billetera gastiza en materia de licores prohibidos por el Santo Oficio. Y deténganse a conocer la orden de detención del juez de guardia para evitar caer en una detención ilegal, dejando de lado al juez Andreu, instructor del caso Bankia, que ahora no pinta nada.

Déjense apabullear por todo este galimatías. Coman algarrobas, palomitas, golosinas y arceas vivas. Canten vivas, hurras o muertes, vil soga al gaznate, me acojo a sagrado y vivas a la Pepa mientras os tienen entretenidos. Que es menester loar el pan y el circo montado por Gobernación. Sorayazo by the face. Y vive Cristo que lo hace bien. Aunque la efusividad, el tante y el sonante, el vilipendio y la consternación social trasformada en ira y bilis doquiera pase un español, sobran. Preferiríamos una tarjeta black para amilanar nuestras ansias de rosquillas de anís en el estómago y, ante todo, justicia para los preferentistas. Welcome, ladies and gentleman!

martes, 10 de marzo de 2015

Magentas, morados y naranjitos

La estrategia de comunicación del Partido Popular es nefasta. Caótica. Estrambótica. Apocalíptica. Parece realizada por el peor enemigo. ¿Qué digo por el peor? Por un dirigente de Podemos. De las pantallas de plasma en las que se escuda Mariano Rajoy para evitar las preguntas de la prensa, algo sobradamente natural en una Democracia, al nombramiento de Rafael Hernando como portavoz del partido en el Congreso de los Diputados, hay un trecho largo. Entre ambos momentos históricos distan numerosos dislates comunicativos. Suponemos que el rollo näif buenista de Pedro Arriola esté detrás. Gran estratega este Arriola.

Rafael Hernando tiene un trasfondo intelectual notable. Lo digo de forma irónica. Suele actuar con un discurso despectivo y tirando la pelota en tejado ajeno. Fue condenado a pagar 20.000 euros a UPyD por vulneración del honor, después de acusar al partido de Rosa Díez de haberse financiado ilegalmente. Lo hizo por tirar pelotas en tejado ajeno, lógicamente, porque el suyo, el de su partido, el de Génova 13, está semiderruído. Un coloso en llamas donde Mariano Rajoy sigue en su despacho, llamando por el telefonillo a Soraya Sáenz de Santamaría, para ordenar: "Pon la calefacción, que tengo frío".

Rafael, al igual que muchos humanos, no aprenden de sus meteduras de pata. Numerosas, como buen portavoz del Partido Popular en el Congreso de los Diputados. Entre llamar "pijo ácrata" al juez Santiago Pedraz y "villano" a Javier Bardem, las declaraciones de Hernando se suceden con palabrería siempre sujeta a una verborrea chulesca, sin medir las consecuencias que pueden tener tanto para su cargo como para la reputación de su partido.

Hace unos días, en un alarde de conocer la paleta de colores mejor que Francisco Goya, definió en un desayuno en Fórum Europa, a los diferentes partidos políticos por sus colores. Los magenta, los morados, mientras rigorizaba el mensaje con un rictus bucal algo exagerado. Y por no quedarse corto, recordó con emotividad a la mascota del Mundial de 1982, nuestro aclamado Naranjito, para calificar a Ciudadanos, el partido liderado por Albert Rivera, en un intento funesto por banalizar su mensaje político y acercarlo al de Podemos. Horas después, el hashtag #YoSoyNaranjito era trending topic y la página de Ciudadanos en Facebook conseguía más de 40.000 nuevos seguidores.

Quizás sean detalles nimios con escasa representatividad en la vida política. Quizás sean titulares de un día que se esfuman en el sinfín de una hemeroteca digital. Pero como portavoz del PP, Hernando debería ser comedido, pausado y consecuente con sus palabras, que tienen que estar bien elegidas tanto para la crítica interna cuando sea menester como para la crítica a otras personas, partidos e instituciones. No puede ir por los platós de televisión y por desayunos informativos con su habitual porte y derrochando esa agresividad verbal, carne de titulares que minan la credibilidad del PP y dan alas a partidos como Podemos y Ciudadanos. Por eso, porque es algo tan banal que hasta un crío se daría cuenta, me pregunto si la estrategia comunicativa del PP la hace un caballo de Troya interno o son conscientes del daño que las declaraciones de Hernando generan en el partido. Y lo dice uno al que el porvenir del Partido Popular le importa un higo.

jueves, 26 de febrero de 2015

¿Qué queda del Partido Popular?

El Partido Popular parece abocado al gran fracaso de su historia. Después de casos de corrupción e imputados que se cuentan a docenas, uno se plantea qué queda en realidad del Partido Popular. Qué fue del partido que una vez gobernó España después de la era felipista, destronando al socialista imbatible y llevando a España al euro y al siglo XXI. Qué pasó realmente con el PP. ¿Ha sido todo un mal sueño o es real todo lo que cuenta la prensa? ¿Es posible que el Partido Popular, un partido destinado a aglutinar las fuerzas del centro-derecha español, se haya convertido en una simple red clientelar de mafiosos orquestados desde Génova, sin una amalgama ideológica que cimente la relación entre el partido y la ciudadanía?

Desde luego, este apartado no quiere desmerecer la labor de miles de personas, militantes y simpatizantes, que realizan su trabajo en ayuntamientos y concejos pequeños. Que día tras día trabajan en pos del beneficio común, con una verdadera vocación de servicio público. Que luchan por mejorar la vida de sus vecinos y arriesgan incluso su dinero, como en casos que tengo el placer de conocer. No es esa mi crítica, porque aunque el espíritu del Partido Popular -y del resto de los partidos políticos- resida en las circunscripciones pequeñas, es en las altas esferas, desde los Parlamentos autonómicos hasta Génova 13, donde se cuece el clientelismo y las corruptelas que difaman a diario el verdadero trabajo vocacional de la política y que insultan el trabajo del verdadero político, que acaba pagando el pecado del corrupto.

Es en Génova donde tienen un problema monumental. En la podredumbre de Luis Bárcenas, Pedro Sepúlveda, Rodrigo Rato, Francisco Granados y decenas de nombres que apuntan a una profesionalización de la política en descrédito del ciudadano, como vía de enriquecimiento ilícito, dando lecciones de ética y moral ante las cámaras mientras se llenaban los bolsillos a manos llenas. Pero también en la falta de un proyecto de liderazgo de Mariano Rajoy, un personaje sin personalidad, un político sin chicha ni limoná, con plante de plasma, que evita en todo momento a la prensa, dejando las preguntas en el aire, como la canción de Isabel Pantoja. Todavía recuerdo aquel «parece que llueve» tras la abolición de la doctrina Parot.

Yo, sinceramente, no reconozco en el Partido  de hoy al Partido Popular de hace diez años. En lugar de un progreso en materia ideológica hacia un liberalismo europeísta, veo una involución hacia los primeros años de Alianza Popular y una amalgama extraña con el zapaterismo, lo que me lleva a plantearme si en realidad Rajoy no será en realidad un disfraz de José Luis Rodríguez Zapatero. Y si no lo es, ¿por qué sube los impuestos si hacía campaña contra la subida del IVA zapateril? ¿Por qué no afronta la reforma administrativa que prometió? ¿Por qué se llena la boca hablando de las pymes si después las ahoga en un desenfrenado mar de trabas burocráticas kafkianas? ¿Por qué si protestaba contra la política penitenciaria de Zapatero comete el mismo error con Josu Bolinaga? ¿Acaso era todo una pantomima, sonrisas postreras de cara a la galería, con el fin de contentar a un electorado y arrastrarlo a las urnas para después darles un puntapié? ¿Por qué ese empecinamiento en agrandar un Estado con hipertrofia e hiperplasia? ¿Por qué ese empecinamiento en ocultarse detrás de pantallas de plasma o en evitar a la prensa cuando Mariano Rajoy es un magnífico parlamentario capaz de hablar sin tener un papel delante?

En el continuo desgaste del bipartidismo actual, que amenaza la estabilidad social y política de nuestro país, Mariano está poniendo en riesgo la propia estructura del Estado con sus políticas ambivalentes, traicionando a los diez millones de votantes que le llevaron a la Moncloa. Está desaglutinando el electorado del centro-derecha desde que en su famoso contubernio de Valencia animó a conservadores y liberales a irse del partido. Ergo, Mariano, ¿qué es entonces tu Partido Popular? ¿Reconoces en tu partido las mismas corrientes ideológicas heredadas de José María Aznar o preferiste darle un vuelco näif e inmiscuirte en el frikismo político arriolesco, haciendo zaranjadas más propias del socialismo como subir los impuestos

Señores marianistas, respondan, por favor.

lunes, 23 de febrero de 2015

Los cojines de Rodrigo Rato

Hubo un tiempo en el que Rodrigo Rato era el dueño del cotarro, el jefe de la jet set banquaria, el puto amo. Fue Vicepresidente segundo del Gobierno y Ministro de Economía en los gobiernos de José María Aznar, y poco después pasó a dirigir el Fondo Monetario Internacional con ávida tozudez. Su carrera profesional continuó entre un mar de sonrisas, levantando el pulgar y repicando campanillas de latón como Presidente de Bankia, instantánea perdurable en la imagen colectiva. Pero su sino, igual que ascendió hasta límites insospechados, cayó hasta las más profundas y nauseabundas alcantarillas con los innumerables escándalos asociados a su gestión en la entidad bancaria, cuya cúspide parece tener forma de tarjeta black.

Aun con tamaña mala suerte, por llamarlo de alguna manera, Rato parece querer mantener su orgullo en lo alto de una picota, evitando exponerse a los mordiscos de los cuervos, ávidos de sacarle hasta el líquido de los ojos. En su último movimiento, incluso nos hemos reído a mandíbula batiente en torno a una mesa con un café, el cual, entre tanto estertor, acabó por los suelos, mientras los comensales de otras mesas se preguntaban qué diantres nos pasaba. Y es que Rodrigo Rato acaba de reclamar 380 euros en la Oficina Municipal de Gijón, su ciudad adoptiva, a una costurera que le extravió dos cojines. Cojines, con i latina, de una herencia familiar que había mandado reparar en verano, y que, ante la prolongada ausencia del propietario, la costurera depositó en un contenedor de ropa usada, con la cristiana idea de que sirvieran de asiento a culos más nobles.

Se dice en los mentideros que Rato, conociendo los pormenores de sus cojines, montó en cólera, y que no le quedó sino reclamar un dinero paupérrimo en la Oficina Municipal porque, como ustedes saben, es un hombre de pocos recursos y no puede llegar a fin de mes sin esos 380 euros. El problema está en que, si quiere recuperar sus cojines, debe realizar una trazabilidad que ya quisieran muchas industrias alimentarias. Y es que, desde el contenedor de ropa usada, los cojines pervivieron hasta las últimas Navidades en el Rastrillo de la Parroquia de San Antonio de Padua, a quien rogamos que vele por los cojines de Rato. 

Preguntada por la Policía Local, la organizadora del Rastrillo afirmó haber vendido los cojines, que,  después de media herencia juntos, fueron separados como siameses en una operación quirúrgica: el uno recayó en manos de una señora que afirmó comprarlo «como cama para su perro». El otro fue adquirido por una mujer de etnia gitana, cuyo noble culo ahora encuentra reposo en un cojín de largo y tortuoso recorrido. Y es que no todo el mundo puede decir que su culo encuentra mohín asiento en el cojín de Rodrigo Rato, figura emergente del Partido Popular y de la economía internacional hasta que conocimos su afición al licor y a las prostitutas.

miércoles, 21 de enero de 2015

Veinte años sin Gregorio Ordóñez


El 23 de enero se cumplen veinte años del asesinato a Gregorio Ordóñez, concejal del Partido Popular en el Ayuntamiento de San Sebastián. Es una fecha fijada en la mente de muchos, igual que el 19 de junio o el 13 de julio. Aquel día, en un resturante junto a compañeros del Ayuntamiento como María San Gil, Ordóñez fue asesinado a sangre fría, por la nuca, como hacen los cobardes. Un asesinato como el de otros tantos dirigentes políticos, populares y socialistas, que llenaron de sangre un País Vasco durante más de tres décadas, pero que convirtió a un hombre honrado y trabajador en un símbolo de lo que era el Partido Popular. Antes hubo otros héroes, y luego se sumaron más a la larga lista de asesinatos que dejaron Euskadi lleno de huérfanos, de vidas segadas, de sangre derramada. Los héroes de la Patria Vasca. Los socialistas soñadores de una Patria que en realidad son el último reducto europeo del fascismo más cruel, vil, deleznable y sanguinario. Hijos de puta, ratas de cloaca, siempre con el silencio cómplice del nacionalismo vasco burgués que aplaudía con las orejas el derramamiento de sangre maketa. Hijos de puta por partida doble.

Aquel Partido Popular era símbolo de Libertad, de Democracia, de juventud, de una lucha inimaginable en tiempos modernos por aplastar los últimos reductos del nacionalismo rancio con la palabra. El valor y el coraje de dirigentes y simpatizantes que se adentraban en la boca del lobo arriesgando sus vidas y las de sus familias para luchar por los valores de la Transición, por una reconciliación nacional diametralmente opuesta al búnker fascista de los terroristas que bañaron con plomo y sangre las calles de España, antes y después del franquismo. Gregorio Ordóñez, María San Gil, Miguel Ángel Blanco, José Javier Múgica, Ortega Lara y decenas de personas víctimas de la represión etarra y del silencio cómplice reinante en Euskadi en años difíciles.

Hoy, veinte años después, el Partido Popular de Gregorio Ordóñez no existe. A diferencia de ETA, que sigue existiendo como organización a pesar de no entregar las armas o de firmar paripés, decía, el Partido Popular se ha autodisuelto. Lo disolvió Mariano Rajoy cuando fue aupado a la cumbre del PP por José María Aznar, mordiendo la mano que le dio de comer. El Partido Popular del 2015 no entiende los valores de la lucha democrática, del imperio de la razón y de las libertades sobre el terrorismo, excarcelando con su buenismo a Santi Potros, autor del atentado de Hipercor, o a Josu Bolinaga, quien mantuvo secuestrado a Ortega Lara durante 532 días en un zulo húmedo donde apenas cabía un camastro. No entiende de reciprocidad y sepulta en un tumba con cal viva la lucha de dirigentes y militantes a quienes no les tembló el pulso enfrentándose en Ayuntamientos a grupos como Herri Batasuna, que no solo no condenaban el terrorismo sino que se regodeaban con el sufrimiento de sus familiares.

Parece que pasó un siglo desde que ETA dejó de matar. Pero solo han pasado cinco años de su último asesinato. Solo han pasado dieciocho años del asesinato de Miguel Ángel Blanco. Solo han pasado veinte años desde que un valiente cobarde matase a Gregorio Ordóñez de un tiro en la nuca. Y mientras la tumba de Ordóñez es profanada por defender la Democracia y la Libertad en el País Vasco, valores que los defensores de la independentzia eta sozialismoa, osea del fascismo, parecen aborrecer, los asesinos disfrutan de la libertad que privaron a sus víctimas. Gracias, Mariano, por honrar así, con esa contundencia, con esa política de buenismo y rollo hippie, con ese mirar a otro lado, con ese "parece que llueve mucho", con esa cobardía, con esa traición a los valores democráticos, la memoria de los militantes del Partido Popular que lucharon y dieron su vida por la Libertad en Euskadi.

miércoles, 7 de enero de 2015

La tercera legislatura de Zapatero

Con la última soflama mariana sobre la ley del aborto, el Partido Popular vuelve a traicionar a sus votantes, retornando al redil del acomplejamiento y dando marcha atrás en proyectos que recogía su programa electoral y por el cual sus militantes y simpatizantes votaron al partido. Y no es la primera vez. Con la excusa de la herencia recibida, Rajoy traicionó los principios de su partido y subió impuestos como el IVA y el IRPF, dañando a la clase media en un arrebato recaudador que tiene a Cristóbal Montoro por cabecilla ideológico. También hablaba de una regeneración que no ve sus frutos, porque Mariano está más cómodo en el inmovilismo y el continuismo como para afrontar la reforma fiscal y administrativa que España necesita urgentemente. Y a pesar de la propaganda de los recortes, mantiene unas políticas de gasto público que superan el billón de euros en deuda de las Administraciones Públicas, lo cual representa casi el 100% del PIB. ¿Es necesario seguir enumerando contradicciones como la política antiterrorista? ¿Qué pasa con la excarcelación de Josu Bolinaga por razones humanitarias, si dos meses después sigue en la calle vivo y coleando? ¿Qué piensa hacer con el exacerbo independentista de Cataluña y el ardid del 9-N? ¿Qué hay de la reforma fiscal? ¿Qué de la modernización administrativa? Un denso silencio contesta a las preguntas mientras Mariano mira a otro lado.

A pesar de no ser votante del PP, sé reconocer que los españoles le otorgaron una amplia mayoría absoluta en las elecciones del 20-N, y como demócrata, acato la voluntad de la mayoría de ciudadanos, que respaldaron al Partido Popular como castigo de unas políticas socialistas que llevaron al país al abismo económico y a una tasa de paro inimaginable apenas tres años antes. Pero Rajoy parece supeditado no a la voluntad de diez millones de votos, sino al exacerbo de las calles que se autoproclaman mayoría social —¿cómo se contabiliza la mayoría social?— para mantenerse de brazos cruzados. No establece una reforma territorial porque nacionalistas e independentistas salen a la calle. No reforma la Sanidad porque sale una marea blanca a la calle. Tampoco establece una reforma administrativa porque los funcionarios lo eufemizan como recortes. Y así con todo. Pues Mariano debe entender, si es que no lo entiende, que aunque a mí no me guste esa reforma, tiene que emprenderla porque así lo suscribió la mayoría de los españoles en 2011. Ni más ni menos.

Sin embargo, Rajoy parece dispuesto a seguir el camino trazado por su predecesor, Rodríguez Zapatero, en la mayoría de las políticas: territorial, administrativa, fiscal, económica, social... Tras lo cual me pregunto seriamente si de verdad quien gobierna es un tal Mariano Rajoy o un títere de las políticas socialistas. Porque en el PP parece que se ha instaurado un temor a cualquier tipo de manifestación, por supuesto libre en el marco legal y constitucional, pero no necesariamente capaz de amedrentar la política y secuestrar la voluntad del Parlamento porque se autoproclama con superioridad ética y moral. O lo que es lo mismo, una izquierda pancartera y radicalizada que intenta ganar en las calles lo que no es capaz de ganar en las urnas.

Por eso, por engañar a su electorado, por tergiversar su programa por enésima vez, es normal que el Partido Popular caiga en picado en las encuestas electorales de cara a las futuras elecciones generales de 2015. Si Pedro Arriola se conforma con llegar al 25% de los votos después de secuestrar la voluntad y el ideario de su partido, adelante. En el fondo, a mí me importa un rábano el Partido Popular. Que se hundan en el fango, se revolquen en el barro y escarben en la tierra buscando trufas. A mí lo que me importa es que España siga siendo sinónimo de un Estado de Derecho y del bienestar, una Democracia con valores y principios que Mariano Rajoy y sus acólitos han traicionado siguiendo las proclamas socialistas de los tiempos de Zapatero. Después de diez años, nos damos cuenta de que el tejemaneje pimpinelesco entre Zapatero y Rajoy era una pantomima y que eran lo mismo. Que no existe una herencia recibida sino heredada con muy buen gusto por parte del Partido Popular, que en vez de aplicar los principios del conservadurismo y liberalismo europeístas, se mueven en la ambigüedad dependiendo de cómo se mueve la calle. Una calle que, haga lo que hagan los dirigentes del PP, nunca va a votar a Rajoy.

viernes, 12 de diciembre de 2014

La noche de los mensajes cortos

Revisitar los días posteriores al 11-M es doloroso. Muchos recordamos con tristeza los atentados de Atocha que cercenaron la vida a 192 personas. Pero otros no solo hablan del 11-M sin ningún tipo de dolor, sino que se pavonean utilizando el dolor de las víctimas para encender una llama de indignación en la sociedad española, pervertirla y usarla contra el Gobierno en un día de reflexión. Apenas veinticuatro horas antes de abrir los colegios electorales, comenzaron a circular SMS en los que se llamaba a sitiar las sedes del Partido Popular. Práctica noble el asedio donde las halla, especialmente si existiere casus belli. Pero en pleno siglo XXI, el casus belli es apenas un recuerdo borroso de la Edad Media, y las concentraciones en sedes del Partido Popular no solo boicotearon una jornada de reflexión, sino que fueron una deslealtad hacia las víctimas del terrorismo y hacia el dolor de sus familiares. Nunca la izquierda española en su larga historia fue tan vil, tan despreciable y tan mezquina. 

Arcadi Espada la llama la noche de los mensajes cortos. Una reminiscencia de la Kristallnacht de 1938, en la que se desató una ferviente locura antisemita en el seno de la Alemania nazi. Entre ambos momentos históricos, diez años después de los atentados, pulula Pablo Iglesias, que en una entrevista reciente con Iñaki Gabilondo se autoproclama creador del SMS. Mientras Pablo saca pecho de su ingenuidad, Iñaki se agazapa, sonríe y deja que Pablo se crezca en su egolatría. Hablamos de Iñaki, cuya profesionalidad como periodista feneció horas después del 11-M al alertar desde su micrófono de la SER sobre «fuentes antiterroristas que apuntaban la posibilidad de que un terrorista se haya inmolado en uno de los trenes». Iñaki, que dio pábulo al maquiavelismo radiofónico y participó de la conjura contra el Gobierno de José María Aznar con el fin premeditado de dar sepultura y misa de réquiem al Partido Popular. Iñaki Gabilondo, asalariado del Grupo PRISA y batuta de la orquesta sinfónica de un golpe de Estado para arrebatar el poder al Partido Popular, a quien encuestas de la propia SER daban como vencedor en las elecciones, utilizando las cloacas del Estado y la muerte de casi dos centenares de personas de una forma ruin, asquerosa, deleznable, repugnante y vomitiva.

Diez años después, cada 11-M, sigo recordando con dolor a las 192 víctimas. Soy un ciudadano más, usuario habitual de Renfe, que podría haber estado en esos trenes si viviera en Madrid. No existe el día en que vea u oiga un ferrocarril y recuerde las atroces imágenes de esa nublosa mañana de marzo en la que España perdió la poca dignidad que aun guardaba. Sin embargo, otros se regocijan frente a las cámaras, entre tiernas y cándidas sonrisas de enamorados, de haber gestado el golpe de Estado asediando sedes del Partido Popular. En otro país, en otro Estado medianamente civilizado, políticos de derechas y de izquierdas hubieran respaldado al Gobierno en cualquier toma de decisiones, aunando fuerzas para consolar a las víctimas y uniéndose para una lucha conjunta contra el terrorismo, fuese del cariz ideológico que fuese. Pero como anunciaba Manuel Fraga décadas atrás, Spain is different, y aquí se lleva más la escabechina de los cadáveres en caliente para lanzarlos contra sedes de un partido político. Muy democrático. Muy europeísta. Muy civilizado. Me pregunto si Iñaki Gabilondo, Pablo Iglesias y todos los conspiradores que intentaron sacar provecho de 192 cadáveres pueden dormir tranquilos.

jueves, 11 de diciembre de 2014

Congresos a la búlgara

Abril de 2008. Mariano Rajoy se presenta a la reeleción como candidato del Partido Popular para unas segundas elecciones generales. Las anteriores las había perdido un 14-M, tres días después el fatal atentado de Atocha que acabó con la vida de 192 personas. En aquel momento, un joven Rodríguez Zapatero se aupó al poder aunque encuestas previas daban victorioso a un PP aun quemado con casos como el hundimiento del Prestige o la guerra de Iraq. Con la caló propia de abril en tierras valencianas, Rajoy comparece ante los micrófonos de un estrado rodeado de compañeros de partido. No lleva corbata, su gesto es adusto y reafirmante. Rajoy agita una mano, mira al frente y dice: «Si alguien se quiere ir al partido liberal o al conservador, que se vaya». A alguno le da un patatús, pero una ovación cerrada -¿cómo serán las ovaciones abiertas?- clausura el congreso del Partido Popular y sentencia al partido de muerte, que deja de tener una ideología clara y precisa después de ocho años de aznarismo. Se abre el coto de caza para gente como María San Gil, Esperanza Aguirre y Jaime Mayor Oreja para prisorizar el partido, para darle un lavado de cara y convertirlo en un centro-derecha näif. Es un congreso a la búlgara, sin candidatos que puedan contradecir al carismático, cariacontecido y carituresco líder, que emana el licor de la victoria mientras levanta los brazos y exhibe las axilas.

Noviembre de 2014. Pablo Iglesias se presenta como candidato a la secretaría general de su partido. Unas pocas semanas antes se forma su partido, Podemos, en una asamblea constituyente en el Palacio Vistalegre de Madrid. Todo son ovaciones cerradas -¿cómo serán las ovaciones abiertas?-. Una seguidora da a Pablo un azote en el culo que le impulsa al estrado. Pablo sube al estrado victorioso: su candidatura organizará la primera asamblea de Podemos con un 86% de los votos. Una vez realizada la asamblea, Pablo se convierte en secretario general de Podemos con un 90% de los votos, y sus acólitos, presentes en una lista cerrada, copan los principales puestos del partido. Su principal rival en materia de organización, Pablo Echenique, que prefería organizar el partido con varios secretarios, decide no presentar candidatura. Para qué, pues quién si no la candidatura de Pablo va a copar los puestos políticos del partido de Pablo. No hay sitio para Trotskis.

Es Podemos. El partido que iba a tomar las decisiones de abajo arriba, de forma asamblearia, contando con el parecer de las bases, de los ciudadanos, de una forma distinta de entender la política, más cercana a la plebe. Ahora las asambleas, los círculos locales, ya perdieron interés. No tienen ninguna potestad organizativa. Se decidió que la toma de decisiones la decidiese Pablo. Pablo dice "digo" y la gente aclama: "¡Claro que digo!". Y Pablo dice "Diego" y la plebe exclama: "¡Claro que Diego!" o "Uy, qué miedo le tenéis a Diego". Todo depende de lo que Pablo saque por la tráquea. Pablo habla del pueblo soberano, del pueblo decide, de que si el pueblo obladí, de que si el pueblo obladá. Pero los votos son para Pablo. Porque son Pablo y su equipo quienes salen en televisión y quienes llevan impreso el logotipo de Podemos en la frente. Podemos Inc. Podemos trademark. De hecho, el rostro de Pablo es trademark en las papeletas del partido en las elecciones al Parlamento Europeo. ¿Quién si no iba a dirigir Podemos? ¿El Círculo de Enfermería? ¿El Círculo de Terapias Naturales? Pues no, oigan, no estuvo Pablo maquinando su ascenso al poder durante casi diez años para que vengan ahora circulitos fantasmas a arrebatarle el dulce caramelo que saborea con bouquet a Moncloa.

En 2008, Mariano Rajoy fue aclamado líder indiscutible del Partido Popular. Los que ahora le levantan la voz en el seno de su partido, antes aplaudían con las orejas y bailaban sardanas con tacones de aguja. En 2014, Pablo Iglesias fue aclamado líder indiscutible de Podemos, una nueva formación que dice situarse en las antípodas del Partido Popular. Pero la distancia entre unos y otros no es tan amplia. Ambos gustan de modelar congresos a la búlgara, una fórmula caucásica de elegir al Líder, donde o bien solo hay un candidato que señalar con el dedo índice, caso del Partido Popular, o bien se disfraza la elección de un único candidato con una votación cuyo resultado es sabido de antemano, caso de Podemos. En cualquier situación, es un fraude a la Democracia.

lunes, 1 de diciembre de 2014

De Francisco Granados a Tania Sánchez

Francisco Granados era el número dos del Partido Popular en la Comunidad de Madrid. Solía pasearse por los platós de televisión hablando de cualquier tema, apoderado de una rabia visceral contra la corrupción, ora en el seno de su propio partido, ora en otras formaciones políticas. Agitaba con sorna su veintena de pulseras en la muñeca derecha y afirmaba que el que la hacía la tenía que pagar, y cosas por el estilo. Le preguntaban sobre el caso Bárcenas, sobre el clan Pujol, sobre Isabel Pantoja, sobre la ley de Hubble, y él contextualizaba, con una sempiterna sonrisa en los labios, diciendo lo que el público quería oir de un dirigente del PP. Que trabajaría enérgicamente contra la corrupción, que no había caja B en Génova, que todos al trullo o al paredón, que uy uy uy del que meta la mano en la caja, que voy y se la corto con un mandoble.

Un buen día un periódico desveló que Francisco Granados tenía una cuenta en Suiza. Patriota suizo aletargado, corrió vestido de guardia -suizo- a un plató de televisión y dijo que nones, que él no tenía nada que ocultar y empezó a sacar papeles. En un momento determinado, los lanzó todos al aire, gritó «¡confeti!», se subió a la mesa y bailó una polka. Pocos meses después, la Policía desveló el caso Púnica, arrestó a Granados y le cortaron el grifo suizo con un mandoblazo similar a los que él pregonaba. Ahora calza babuchas en una cárcel que años atrás inauguró. Como diría Esperanza Aguirre: «Me la han metido doblá».

En otro orden de cosas, Tania Sánchez es diputada por Izquierda Unida en la Comunidad de Madrid. Es conocida por ser tertuliana de debates televisivos de Telecinco y La Sexta, en los que atiza con una fusta a la casta capitalista y neoliberal, a quien acusa de estar corrompida desde sus cimientos. Es conocida su acalorada contrapasión por Eduardo Inda, periodista de El Mundo con porte de torero y tripolar de maneras firmes, con quien se exalta de tal modo que hasta el público del plató se mea en las bragas del miedo. Miedo everywhere.

Pero cuando un desconocido a los ojos del espectador precona limpieza democrática, siempre hay gente que revisita currículos y se destapa el pasado. Tania entró como asesora municipal de IU en Rivas de la mano de su padre, Raul Sánchez, quien vaga por el Ayuntamiento desde 1999. Entended que la limitación de mandatos se adscribe al PP-PSOE, no a la izquierda. Y siendo su padre concejal de Deportes y ella coordinadora, en abril de 2008, firmó un contrato con una empresa que contaba con un técnico de la misma concejalía como apoderado de esa misma empresa. Varios meses después, adjudicó otro contrato a una sociedad participada por su hermano. Adjudicaciones de contratos a la famiglia que ni siquiera han sentado bien en el seno de Izquierda Unida.

Meses después, mientras Francisco Granados gasta sus huesos en prisión, Tania Sánchez ha sido aupada como candidata de IU por la Comunidad de Madrid. Pero, ¿qué hubiera pasado si Tania fuese del Partido Popular y Paquito de Izquierda Unida? ¿Sería Francisco Granados aupado al number one de Madrid con dos cuenta en Suiza o saldría en masa la marabunta, dibujando columnas romanas, por las calles castizas? ¿Se discutiría la honorabilidad de Sor Tania por adjudicar contratos a la Famiglia? ¿Cuál sería el papel de los medios de comunicación en ambas situaciones? Establezcan ustedes comparativos, que haberlos haylos, querido Sancho.

martes, 25 de noviembre de 2014

El deshonroso arte de corromper


La corrupción sigue cabalgando a sus anchas por lo largo y ancho de España. A las tarjetas black de Caja Madrid y el caso Púnica le sigue la operación Madeja, que estudia mordidas en la adjudicación de obras públicas en zonas como Sevilla, Extremadura, Madrid, Comunidad Valenciana, Aragón, Cataluña y Canarias. Casi ná. El número de implicados en casos de corrupción sigue subiendo como un suflé que no tiene intención de desinflar, y mientras tanto, la cúpula mira con ojos extrañados, medio bizcos, como intentando discernir un alfiler en medio del granero. «Son casos puntuales», asegura Mariano Rajoy, o «ya hemos hecho lo que teníamos que hacer», dice María Dolores de Cospedal. Y todos contentos, felices, sonrientes. Ya hemos hecho nuestro trabajo. ¿Quién pone en duda que Rajoy metió a Luis Bárcenas en la cárcel, o que Cospedal le enseñó su placa del FBI a Francisco Granados y lo esposó con una dureza más propia de Catherine Willows, agente de la serie CSI Las Vegas? Esas son las «contundentes» afirmaciones que emanan de la boca de los principales responsables por omisión de la existencia de casos de corrupción.

Porque, ¿quién sino el Partido Popular, con una mayoría absoluta aplastante en el Congreso de los Diputados, puede poner coto a la corrupción sistémica que inunda nuestro país? ¿Quién sino Mariano Rajoy puede y debe hacer las reformas necesarias e inmediatas para frenar el descrédito de una clase política que parece no entender o no querer escuchar las plegarias de los ciudadanos? ¿Quién sino el Partido Popular debe atender las peticiones de otros grupos parlamentarios, sea Izquierda Unida o UPyD, para frenar en seco la corrupción? Incluso en el seno del PP, dirigentes como Esperanza Aguirre han redactado unos puntos básicos para poner freno a la corruptela política que, día tras día, inunda como una plaga faraónica los medios de comunicación.

Reformas que reduzcan el tiempo de instrucción de causas judiciales abiertas por corrupción, el cambio de la Ley Electoral para que los partidos políticos se rigan por listas abiertas, una reforma del Tribunal de Cuentas, la obligatoriedad de presentar las cuentas de los partidos políticos en el Congreso, la supresión definitiva de subvenciones a partidos políticos, patronal y sindicatos, un cambio en la Ley de Contratos del Estado y el aumento de las penas de cárcel para defraudadores o ladrones de cuello blanco son unas pocas medidas básicas que el Ejecutivo debe hacer de inmediato para atajar la corrupción política. Tanto que gusta de ejercer el poder por Real Decreto, ahí tienen una batería de puntos elementales a desarrollar y ejecutar para blindar el Estado de Derecho contra los corruptos, contra todo bellaco que guste de sisar el dinero del contribuyente. Es lo menos que puede hacer Mariano Rajoy, ese Presidente de paja acostumbrado a ver pasar el tiempo sentado en su diván, si quiere salvaguardar los intereses de los ciudadanos españoles ante la herida abierta en el seno del sistema político español. Porque los problemas no se solucionan solos y deben de ser frenados desde las altas instituciones del Estado con voluntad política. De lo contrario, la herida abierta acabará por gangrenar y cercenar todos los miembros del Régimen, estén sanos o corrompidos. Y si no tienen voluntad de afrontar los cambios que demanda la sociedad, que se vayan y dejen paso a otros.

sábado, 1 de noviembre de 2014

Reflexiones sobre la corrupción

Se puede decir, literalmente, que el Partido Popular está de mierda hasta el cuello. Con la operación Púnica en marcha, Francisco Granados en prisión preventiva y desfiles de varios alcaldes por los juzgados en pleno Halloween, compañeros de partido que antes ponían la mano en el fuego por sus camaradas ahora prefieren la tibieza de unas declaraciones sordas o los silencios monásticos. Cierto es que otros partidos, por no decir todos, tienen sus respectivos Bárcenas, Ratos y Matas. El Partido Socialista con su Magdalena Álvarez y sus ERE, Izquierda Unida con su Ángel González y CiU con el clan Pujol son algunos ejemplos de que la corrupción no entiende de derechas ni de izquierdas. Pero esta reflexión no pretende ahondar en el "y tú más" tan habitual en los debates, ya que quien gobierna gracias a diez millones de votos es el Partido Popular, y por ello, el más interesado en frenar los casos de corrupción que campan a sus anchas por territorio español. Con una mayoría absoluta en el Congreso de los Diputados, el PP tarda en poner sobre la mesa un plan de emergencia, con o sin un pacto con otros partidos, para frenar la corrupción política: algo que, a priori, parece sencillo con medidas y reformas como el endurecimiento de penas contra el fraude fiscal, la contratación de más inspectores de Hacienda y una mayor agilidad en las instrucciones de los casos, dotando a los jueces de los instrumentos necesarios. Todo ello en el marco de una reforma mayor que separe realmente los poderes políticos. Reformas, por cierto, que ya adelantó Esperanza Aguirre hace unos días.

Sin embargo, lo que en primera instancia parece fácil de realizar, se convierte en una utopía cuando se topa con las paredes de Génova, detrás de las cuales se aisla Mariano Rajoy para no escuchar las voces de la gente. Paredes de hormigón, cemento y ladrillo que encierran a políticos tecnócratas con problemas crónicos de sordera, que bajan las persianas de su despacho y no ven la realidad de la calle. En una situación de emergencia social, el Partido Popular sigue presa de los números y confía todo su mandato a la recuperación económica, sin saber que la población está preocupada por el paro y ve en la ingente corrupción política un casus belli al que aferrarse con uñas y dientes para echarlos del poder.

Cortar de inmediato los casos de corrupción con unas reformas fiscales y judiciales es lo mínimo que puede hacer Rajoy tras la enésima operación judicial contra los ladrones que esquilman nuestra Nación. Sin embargo, también huelga decir que llega demasiado tarde. Muy tarde. Que el hastío general de la sociedad es tan grande que cualquier movimiento que haga Rajoy va a ser visto como electoralista. Y no les sobra razón. Porque cuando diez millones de personas confiaron el 20-N en el Partido Popular, fue para que realizara las reformas administrativa, fiscal y judicial que España necesita desde hace veinte años, entre otras tantas. Reformas que nunca llegaron o que empeoraron en lo que se avistó como una tercera legislatura zapateril, con mandobles para torear al contribuyente y estoques para seguir jodiendo la marrana mientras los unos se llevaban el dinero fresco y los otros miraban de reojo o daban la espalda.

Y es que, querido Mariano, puedes irte con viento fresco a otra parte, consciente de que tu partido, o lo que queda de él, ha traicionado a una sociedad entera que ya no confía en la vieja política. Que gracias a tu inmovilismo no solo el Partido Popular queda arrastrado por el fango, sino que con él te llevas, gracias a la labia de la demagogia barata de Podemos y a tu incapacidad para encarar un debate o una entrevista, requerimiento mínimo para un cargo público, el prestigio de la Democracia que políticos más valientes y con más principios que tú lograron restaurar hace casi cuatro décadas. Ahora, en pleno siglo XXI, nos encontramos en otra encrucijada con el auge de extremos políticos a los que una parte de la sociedad se aferran como única vía de salida a un panorama socioeconómico sin parangón. Una situación de la que tú, Mariano, tienes buena parte de responsabilidad, por no limpiar la mierda de tu propia casa, como Presidente del PP, y la del país, como Presidente del Gobierno.