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lunes, 28 de marzo de 2016

Sobre el discurso buenista de Occidente

Ya está bien de escuchar a los gilipollas de siempre decir que los yihadistas se inmolan porque Occidente invadió países en Oriente, porque Occidente hizo esto y porque Occidente hizo lo otro. ¿Tendrán el gusto los tertulianos expertos en todología, tan raudos ellos a la hora de salir en pantalla diciendo necedades, de explicarnos entonces si el atentado en Bagdad o en Pakistán es también porque Occidente es perverso? ¿También Occidente es responsable del atentado en Lahore?

Ya está bien de colectivizar todas las religiones bajo un mismo paraguas. Ya está bien de decir que todas las religiones son igual de fanáticas. No he visto a católicos, a hinduístas o a budistas inmolarse en un aeropuerto o en una estación de metro para matar a decenas de personas inocentes, igual que llevo sin ver un auto de fe de la Inquisición desde 1781. Solo lo hacen musulmanes fanatizados bajo el odio hacia Occidente, hacia nuestras libertades y hacia nuestro modo de vida, y cuyo sadismo compra en la actualidad el Daesh difundiendo la yihad a través de Internet, como una mala rémora de la Edad Media a saltar en pleno siglo XXI.

Ya está bien de escuchar soplapolleces sobre la integración y de oír barbaridades como las del eurodiputado Miguel Urbán, que afirman que los chicos de Molenbeek se inmolan porque «no les queda otro remedio», cuando da la casualidad de que los yihadistas de los atentados en Francia y Bélgica son 'personas' (sic) adictas a los entretenimientos occidentales que disfrutan de una vida plena en nuestros países y de repente sufren una radicalización 'exprés' a manos del Daesh. Según el planteamiento de Urbán, ¿los que sufrimos el paro también hemos de inmolarnos en una estación de tren? ¿Los que llevamos meses sin encontrar trabajo tenemos que salir con un kalashnikov a la calle para vengarnos de la sociedad? Querido Urbán, ¿por qué, en el caso de que quieran matarse, pudiéndolo hacer tirándose desde un maldito puente o saltando delante de un camión en una autopista, lo hacen matando a víctimas inocentes?

Ya está bien de justificar al terrorismo. Ya está bien del discurso simplista y buenista según el cual nos matan porque hemos sido malos y nos lo merecemos. Ya está bien de intentar meter en un mismo saco a todas las religiones cuando solo hay un fenómeno yihadista en el islam. Ya está bien de colectivizar las matanzas, de usarlas como arma política, de intentar sacar rédito electoral tanto desde colectivos racistas que atacan a toda una población como desde los grupúsculos 'hippies' que restan importancia al asunto y pretenden acabar con la barbarie con ramos de flores y cánticos espirituales. Ya está bien de darnos golpes de penitencia mientras nos apuntan con un kalashnikov o nos explotan por los aires, por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Ya está bien de lanzar piedras contra nuestro propio tejado.

martes, 17 de noviembre de 2015

Apaciguando a la bestia con caramelos

Dice Ada Colau, alcaldesa de Barcelona, que bombardear un país no es la solución para acabar con el terrorismo. Que hay otras formas de luchar contra el terror: cortando la financiación del terrorismo, acogiendo a los refugiados y aislando a los violentos.

Podemos estar de acuerdo con Colau en que cortar la financiación es un punto primordial en la lucha contra el terrorismo. El problema radica en que una de las fuentes de financiación del Daesh es, señora Colau, la venta de petróleo en el mercado negro. ¿Cómo evitamos que vendan petróleo? ¿Obligamos a los traficantes de petróleo a hacerse eco-friendlys? Otra de sus fuentes de financiación son los rescates. ¿Cómo evitamos que secuestren a personas occidentales en territorio sirio? Y si eso sucediese, ¿dejamos que perezcan a merced de los carniceros?

De acuerdo, señora Colau, acojamos a los refugiados sirios que huyen del terror de la guerra, aislando a los violentos en el territorio origen. La pregunta se torna sencilla: ¿qué hacemos con los miles de terroristas que siembran el terror en Siria e Iraq? ¿Los dejamos campar a sus anchas? ¿Llamamos a la ONU para que reconozca al Daesh y establezca un Califato?¿Cree la señora Colau que establecido el Califato no seguiría una política expansionista clavada al Lebensraum del Tercer Reich?

Y lo que es más importante, ¿dejamos a los sirios, iraquíes, kurdos, peshmergas, coptos y a otras minorías religiosas a merced de la Sharia, del cuchillo de degüello, de los fusilamientos en masa, de las carnicerías del Daesh, cuando están pidiendo ayuda de Occidente para frenar el avance militar del Daesh?

Para Ada Colau es sencillo escribir desde su despacho tres párrafos con los que convencer al personal de que el diálogo es la solución a un conflicto sangriento. Neville Chamberlain pensaba igual cuando Adolf Hitler puso en marcha su política expansionista, que había plasmado por escrito en su Mein kampf, y expandió las fronteras de la Alemania nazi primero Alsacia y Lorena y más tarde en Austria y en los Sudetes: démosle lo que pide, así habrá paz. Pero al final no hubo paz, sino guerra, y de las heavys.

No cabe diálogo con quienes fusilan 200 niños en un talud, imitando a las SS en Ucrania. No cabe diálogo con quienes degüellan a periodistas con un cuchillo de matarife o quema vivo a un piloto jordano. No puede haber diálogo con quienes ahorcan homosexuales o los tiran desde una azotea. Y menos aún puede pedir diálogo los representantes de una izquierda política que enarbola la bandera de la justicia, la igualdad, la libertad y la fraternidad, unos valores que Daesh pretende suplantar por una teocracia basada en la Sharia y el terror. 

Es precisamente esa izquierda quien debe defender a ultranza los valores de la Democracia y olvidarse de la pantomima del buenismo y del flowerpower con una bestia insaciable que conoce las debilidades y las contradicciones de su enemigo. Si quieren trascender la Historia, en sus manos estará ser recordados como políticos de la talla de Winston Churchill y Franklin Roosevelt o quedar retraídos a la triste política de apaciguar a la bestia con besos y caramelos como Neville Chamberlain y Édouard Daladier. Somos conscientes de que la lucha será dura, pero en ello nos va la vida.

lunes, 16 de noviembre de 2015

La hipocresía de los miserables

Tras los bombardeos en Raqqa, volvemos a sufrir los sempiternos panfletos del No a la guerra. Los mismos pacifistas que evitan criticar los asesinatos de la Policía de Nicolás Maduro se tornan ahora contra François Hollande. Los antiimperialistas que no gurgutan con el conflicto en Ucrania, y que incluso ven con buenos ojos la anexión de Crimea a Rusia, como si no fuera ejemplo clásico de imperialismo, ahora salen de sus pútridas cuevas para criticar a Francia.

Son los miserables de siempre que no tienen nada que perder. Los hijos del papá de la tarjeta black; los politicuchos que defienden el pacifismo y contratan en sus listas al JEMAD que participó en los ataques en Libia; los que defienden la excarcelación de Alfon pero no se dignan a pedir la de Leopoldo López. Los que envidian hasta la extenuación que un Gobierno de izquierdas y socialista como el de Hollande defienda con uñas y dientes los valores de la República y tenga los santos coj*nes de responder con valor, determinación y contundencia al yihadismo. Los que se dicen laicistas pero a la vez reciben dinero de Irán, un régimen donde lapidan mujeres y cuelgan de la horca a homosexuales y luego tienen la desfachatez de aparecer por marchas feministas y de apoyo al colectivo gay. Los gorilas de Pablo Iglesias que evitan guardar un minuto de silencio en la embajada de Francia pero que, tal y como relató Andrés Herzog, llegan en el último momento par cantar La Marsellesa y salir en la foto, y que, al marchar, cuando son increpados, encima tienen el valor de llamar «facha» al personal. En definitiva, los jodidos hipócritas de siempre inmersos en sus continuas contradicciones.

A esos imbéciles panfletarios que no tienen ni puta idea de cómo es la vida; que no saben situar Beirut o Raqqa en el mapa porque sólo los mencionan para sacar rédito político; que dicen que no todos los musulmanes son yihadistas pero que todos los curas católicos son pederastas; que proclaman su pacifismo y su buenismo sólo cuando les conviene; que no vomitan encima del teclado como hicimos algunos cuando vimos vídeos de decapitaciones sin censurar en YouTube ni mueven una pestaña con los fusilamientos de centenares de niños porque, claro, el asesino no es judío y no podemos echarle la culpa a Israel; a todos ellos les animo a que se pongan en fila de una p*ta vez y se alisten como diplomáticos.

Que vayan, ataviados de guirnaldas y floripondios, con ramos de flores, una bolsa de magdalenas y una delegación de bailarines regionales, a dialogar a Raqqa, tanto que les gusta el talante y el diálogo. Que se vayan de una p*ta vez. Que vivan en sus carnes lo que vivieron Reverte, Tertsch, Rojo y otros tantos periodistas en Yugoslavia, Kuwait, Irak y Nicaragua. A ver si quizás, teniendo enfrente decenas de ojos que sólo se mueven por el sadismo y por la violencia, jaleados por los suyos, siempre con sed de una orgía de sangre, fanáticos hasta la extenuación porque creen que sus acciones son alabadas por un Dios supremo, lo cual manda cojones, entienden de qué va la p*ta vida. A ver si se enteran de que el Daesh no va a capitular por mucho que cantemos "Imagine" o "Give Peace a Chance", o que encendamos velas y nos unamos de la mano y hagamos fotos con hashtags y nos tiremos pedos. Que ellos los tienen cuadrados y no tienen miedo a la muerte, y mientras tanto, muchos de nosotros en Occidente ni nos enteramos de qué va la misa, que poco a poco, por culpa del buenismo de los retrasados, se irá tornando en funeral mientras no nos marquemos con fuego en la frente los valores que nos unen como civilización.